El concepto de contra-espacio de Henri Lefebvre – Rolando Espinosa Hernández

El problema de nuestra época radica, para Lefebvre (2000), en la preminencia de las fuerzas de homogeneización que, alienadas y descoyuntadas, oprimen la vitalidad de lo diferencial.

 

 

Para Henri Lefebvre (2000) los contra-espacios son espacios sociales que surgen en oposición a los efectos nocivos del modo de producción dominante, especialmente contra la abstracción inherente a la alienación capitalista que se manifiesta en la fragmentación y homogeneización del espacio social. Los contra-espacios son uno de los productos históricos posibles de la abstracción del espacio social por el desarrollo específicamente capitalista. Aunque constituyen una condición necesaria para el surgimiento del espacio diferencial, no son por sí mismos suficientes para ello.

Los contra-espacios no constituyen inmediatamente un espacio diferencial ni garantizan su creación. A través de la lucha contra los intereses materiales e ideológicos de la clase capitalista dominante, ellos representan la posibilidad activa de producir y eventualmente consolidar el espacio diferencial. ¿Cómo define Lefebvre este espacio diferencial?

 

La dialéctica del espacio diferencial[1]

En la teoría lefebvriana de la producción del espacio, el espacio diferencial constituye una tendencia histórica y un resultado de la abstracción del espacio, propia del capitalismo. Representa un momento de transición, inherente al desarrollo de la sociedad burguesa, y una virtualidad histórica positiva, pues pone, abre o afirma posibilidades para el porvenir.

El espacio diferencial puede entenderse como un espacio de catástrofe[2] en relación con el espacio abstracto capitalista, y también como una posibilidad histórica dentro de la sociedad urbana, aunque aún no sea una realidad concreta. Lefebvre lo considera no solo como un espacio en curso, sino como una potente virtualidad, una posibilidad que apunta a la emancipación.

El espacio diferencial contraviene la homogeneidad del capitalismo, acentuando las diferencias y particularidades. Sin embargo, no toda diferencia es emancipadora. Existen diferencias inducidas por el capital que sirven para mantener la explotación de plusvalor y su dominio. Las diferencias producidas, en cambio, impulsan transformaciones del espacio social que son, en última instancia, precursoras de un nuevo modo de producción (Lefebvre, 2000).

Todo proceso de producción del espacio consiste en una cierta configuración de la dualidad de fuerzas de homogeneización (o identificación) y diferenciación. El que prevalezca históricamente una de estas dos fuerzas no anula la presencia de la otra.

El problema de nuestra época radica, para Lefebvre (2000), en la preminencia de las fuerzas de homogeneización que, alienadas y descoyuntadas, oprimen la vitalidad de lo diferencial.

Siendo diferir su sentido, toda diferenciación es una fuerza positiva que dilata o ensancha nuestra presencia en el espacio, al distinguirnos y concretar nuestro mundo, a la vez que con ella se dilata o ensancha nuestra presencia en el tiempo, durando y perdurando.

Las diferencias inducidas por el capitalismo han reencauzado esta capacidad social de diferir espacial y temporalmente para prolongar artificialmente su vigencia. No obstante, ninguna forma social puede consolidarse como sistema y eternizarse, pues lo irreductible de la praxis social consiste precisamente en su carácter poiético o creativo.

El espacio diferencial representa, en este sentido, lo poiético de la producción social del espacio social, su capacidad creativa que lo mantiene abierto a lo posible. Entraña una dimensión negativa y una positiva, respectivamente: la producción de un contra‑espacio —enfrentado, así solo sea parcialmente, al conjunto de alienaciones sociales acendradas en y por el capitalismo— y la producción de una nueva morfología política del espacio social —(pro)puesta para dignificar la vida social y comunitaria—.

El espacio diferencial, en su dimensión negativa, se opone a las alienaciones e imposiciones del capitalismo, mientras que, en su dimensión positiva, propone una morfología del espacio social fundada en el disfrute del valor de uso y la vitalidad del tiempo social. Un espacio diferencial solo se consolidaría como tal cuando ambas dimensiones de su despliegue se conviertan en positividad vital generalizada de lo diferente. Examinemos ahora los rasgos generales de los contra-espacios y el papel que desempeñan en la concepción lefebvriana del espacio diferencial.

 

Contra-espacios: dialéctica entre alienación y agonismo

Según hemos señalado, todo contra-espacio representa una dimensión negativa, agonista y heterónoma, dentro del largo proceso histórico de producción social de un eventual espacio diferencial. Decimos heterónoma porque su constitución y modo de acción dependen del alcance y profundidad de los procesos de alienación inherentes al dominio capitalista[3].

Para Lefebvre (2000), el alcance de todo proceso de alienación es múltiple, pero limitado, y no puede erigirse como sistema o absoluto. Su superación (desalienación) solo puede ser fruto de un largo proceso histórico-social, con avances y retrocesos parciales. La complejidad de los contra-espacios responde al progreso cambiante de los procesos de alienación capitalista —de ahí su heteronomía—, aunque no anulando la dimensión autonómica que puedan encarnar

El carácter negativo-agonista de los contra-espacios radica en que se conforman para quitarse los yugos del dominio capitalista o contra efectos particulares de este (Lefebvre, 2000). Su sentido —negar la alienación— se define por el ser del capitalismo: qué es, cómo domina y cómo enajena tanto lo presente como nuestras herencias del pasado y, más aún, lo social e históricamente posible. A medida que la alienación capitalista se complejiza, abarcando más dimensiones materiales y sociales, los contra-espacios enfrentan desafíos mayores para resistir, aunque también surgen nuevas posibilidades de sublevación. Pese a sus diferencias, los contra-espacios conservan la posibilidad de cohesionarse para enfrentar al capitalismo con mayor fuerza y efectividad.

Sin embargo, no son meros espacios sociales de resistencia —con disposiciones tanto activas como pasivas, organizadas y espontáneas—, como suele asumirse (Capasso, 2016; Purcell, 2022; Soja, 1996; van Ingen, Cathy, 2002; Yoltay, 2021). No se limitan a ser entornos donde comunidades logran sobrevivir y permanecer, tras mantenerse firmemente ante los embates del capitalismo. Los contra-espacios implican procesos de resistencia y oposición deliberada —con mayor o menor grado de consciencia, organización y acción— a los cambiantes alcances de la enajenación específicamente capitalista[4].

Es de advertir que no toda resistencia o disidencia social implica oposición al capitalismo. Todo contra-espacio, en cambio, implica resistencias prácticas e ideológicas —más o menos deliberadas o “planificadas”— contra los procesos de subordinación que perpetúan el dominio capitalista (Lefebvre, 2000). Este rasgo de oposición —poner algo “frente a” y “en contra de” condiciones, medios y resultados de la dominación capitalista— hace de los contra-espacios algo más que mera resistencia por legítima preservación (Lefebvre, 2000)[5].

No obstante, los contra-espacios no producen inmediatamente un espacio diferencial, como tiende también a asumirse (Capasso, 2016; Oslender, 2012). Hace falta producir una nueva morfología en el espacio social —dimensión autónoma específica del espacio diferencial—, tras una práctica sostenida en el tiempo. Esto significa rebasar el agonismo heteronómico del contra-espacio —esos actos obligados por las iniciativas perniciosas del capitalismo—.

Para Lefebvre (1976, 2000), producir un espacio con nueva morfología social significa crear un modo de (re)producción fundado en nuevas relaciones sociales de producción y propiedad[6]. Así, la emergencia del espacio diferencial supone oposición al capitalismo y, además, la proposición o proyección de un modo de producir el espacio social en condiciones de libertad que eventualmente posibiliten la autogestión de la reproducción social. Esta dimensión autónoma es estratégica no solo para conformar, sino para consolidar y generalizar, con el tiempo, un espacio diferencial. Solo acompasada con esta realidad proyectiva y efectiva pueden los contra-espacios desafiar el orden capitalista en el espacio dominado (Lefebvre, 2000).

En este sentido, los contra-espacios son una condición de posibilidad para el surgimiento del espacio diferencial, pero nunca suficiente. Constituyen una negatividad que necesita transformarse en positividad específica, esto es, un proceso que establezca un espacio social capaz de sostenerse y fundar, al generalizarse, nuevas relaciones sociales de producción y propiedad. Esta positividad permite que los contra-espacios rebasen su dimensión heterónoma y devengan espacios diferenciales, también con autonomía específica.

En el contexto de la sociedad burguesa, la producción de un espacio diferencial exige una dualidad estructural: por un lado, resistencias que contravengan la alienación capitalista (incluso con procesos particulares de desalienación) y, por otro, procesos de apropiación del espacio social que afiancen la dignidad de la vida y la diversidad de goces sociales. Este segundo aspecto implica una praxis progresivamente desalienante —pautada aún por cierta heteronomía— que desmonte los dispositivos de opresión basados en la exclusividad y la exclusión, especialmente la propiedad privada.

Una red de contra-espacios, tanto defensiva como ofensiva, que responda a la complejidad cambiante de la alienación capitalista, llegando a desafiarla (Lefebvre, 1978). Y un tejido de espacios sociales fundados en una praxis poiética, cooperativa, acorde con la complejidad de la apropiación de la riqueza social. Condición necesaria y suficiente, en el contexto capitalista, para la producción de espacios diferenciales, según las particularidades histórico-geográficas de cada sociedad.

El mayor reto es producir una nueva morfología social resistente al capitalismo, sostenible a largo plazo y generalizable a través de múltiples espacios sociales que difieran de toda forma histórica de opresión. Solo la revolución urbana —epíteto con el que Lefebvre matiza la revolución comunista— podría permitir superar la dualidad agonista del espacio diferencial in spe. En un escenario de emancipación y plena realización, el espacio diferencial —liberado del agonismo heteronómico propio de momentos de catástrofe— representaría un modo de reproducción de la vida social capaz de erigir una alternativa socialmente digna, fundada en la primacía del disfrute y encaminada hacia la mayor libertad y felicidad posibles.

Al estar orientado por el sentido vital inherente al valor de uso, el espacio diferencial, una vez consolidado a través de la realización generalizada de las posibilidades que provoca, podría llegar a ser, en última instancia, social y naturalmente sostenible. Pero esta noble posibilidad, estratégica pero aún incierta, depende de manera inmediata e ineludible del desarrollo de la lucha de clases y de la producción concomitante de todo tipo de contra-espacios. La cauda de guerras sociales y desafueros que subyace al capitalismo mundializado ha podido acendrar la esclavitud, pero el combate, cuando busca la justicia, alberga siempre la posibilidad —según nos evoca la sentencia heraclítea— de forjar auténticas libertades sociales.

 

Referencias

  • Capasso, V. (2016). Espacio social: Aportes para una definición del concepto y su posible relación con el arte. XIV Seminário de História da Cidade e do Urbanismo.
  • Espinosa, R. (2015). Conflictos socioambientales y pobreza: El caso de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. Cuadernos de Geografía. Revista Colombiana de Geografía, 24(1), 193–212. http://dx.doi.org/10.15446/rcdg.v24n1.41971
  • Espinosa, R. (2017, diciembre 7). La lectura de El capital, de Karl Marx, en la obra de Henri Lefebvre. Coloquio Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política, 1867-2017. A la memoria de Bolívar Echeverría. Facultad de Filosofía y Letras-Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Espinosa, R. (2023). La teoría de la producción del espacio, de Henri Lefebvre. Un proyecto de espaciología crítica [Tesis de Doctorado en Geografía, Universidad Nacional Autónoma de México]. https://ru.atheneadigital.filos.unam.mx/jspui/handle/FFYL_UNAM/8148
  • Hernández, L. (2012). Siembra de concreto, cosecha de ira. Fundación Rosa Luxemburgo.
  • Jiménez Pacheco, P. (2018). La rebelión del espacio vivido. Teoría social de la urbanización capitalista [Tesis de Doctorado en Teoría e Historia de la Arquitectura]. Universitat Politècnica de Catalunya.
  • Lefebvre, H. (1976). L’espace, produit social et valeur d’usage. La nouvelle revue socialiste, 18, 11–20.
  • Lefebvre, H. (1978). De l’État: Vol. 4. Les contradictions de l’État moderne. La dialectique et/de l’État. Union générale d’éditions.
  • Lefebvre, H. ([1974–1986] 2000). La production de l’espace. Éditions Anthropos.
  • Oslender, U. (2012). The Quest for a Counter-Space in the Colombian Pacific Coast Region: Toward Alternative Black Territorialities or Co-optation by Dominant Power? En Jean Muteba Rahier (Ed.), Black Social Movements in Latin America (pp. 95–112). Palgrave Macmillan. https://doi.org/10.1057/9781137031433
  • Purcell, M. (2022). Theorising democratic space with and beyond Henri Lefebvre. Urban Studies, 59(15), 3041–3059. https://doi.org/10.1177/00420980211067915
  • Soja, E. (1996). Thirdspace. Journeys to Los Angeles and Other Real-and-Imagined Places. Blackwell Publishers.
  • Thom, R. (1983). Paraboles et catastrophes. Entretiens sur les mathématiques, la science et la philosophie. Flammarion.
  • van Ingen, C. (2002). Unmapping social space: The Toronto Frontrunners, Lefebvre and geographies of resistance [Doctor of Philosophy]. University of Alberta.
  • Yoltay, E. (2021). Socio-Spatial Politics of Otherness: The Desire to Construct a Counterhegemony. Space and Culture, 24(4), 585–603. https://doi.org/10.1177/1206331218822955

 

Notas

[1] Una versión desarrollada de este apartado puede consultarse en (Espinosa, 2023).

[2] Lefebvre denomina catástrofe a cada momento histórico de cambio repentino o transformación abrupta del espacio social. Estas rupturas han marcado el inicio de nuevas eras históricas, desarrolladas bajo condiciones más o menos libres u opresivas (Lefebvre 1978; Thom 1983).

[3] La alienación es un concepto polisémico por cuanto expresa un complejo proceso histórico-social que implica, entre otros problemas, la privación (o privatización), la exclusión, el expolio, la exacción y la explotación crecientes.

Recuperando y desarrollando el planteamiento marxiano, Lefebvre concibe la alienación como un conjunto de actitudes y formas de despliegue de la práctica y la consciencia sociales —y, por tanto, individuales— que arrancan, separan o privan a las personas, a los grupos sociales o al conjunto de los seres humanos no solo respecto de lo que ellos en realidad son, sino, además y sobre todo, de lo que podrían ser, ya sea en sus mismas condiciones de vida o al transformarlas en el curso de sus realizaciones.

La alienación se sitúa en el campo de la praxis como tal, por ello no se limita a lo religioso, lo cultural, lo político o lo económico, sino que puede involucrar amplios dominios de la existencia y de la consciencia, de las necesidades y de las capacidades humanas.

Así, la alienación se presenta como pérdida e ignorancia de nuestro ser social, de nuestras condiciones de vida —esto es, de las condiciones prácticas y las relaciones sociales que determinan nuestro modo de ser— y de las condiciones que permitirían vivir libremente, sin esa pérdida e ignorancia.

No se trata, pues, de la pérdida de una “esencia” humana —extraviada con el ocaso de una “edad de oro” o de alguna otra época presuntamente idílica—, sino del bloqueo o la privación de lo posible y de las finalidades vitales y humanas.

Una forma elemental pero decisiva de la alienación consiste en la escisión entre nuestra actividad creativa y sus productos, de modo que nuestras objetivaciones ya no nos pertenecen y dejamos de reconocernos en ellas, a tal grado que, tras escapar de nuestro control, ellas terminan por dominar nuestra condición humana. Pero también la alienación puede disponerse como reducción de una posibilidad o de un momento —en su sentido lefebvriano— hasta tornarles unilaterales o absolutos, de modo que dejan de pertenecernos múltiples dimensiones de nuestra subjetividad.

El mayor alcance del complejo proceso histórico de la alienación se revela, para Lefebvre, en el bloqueo de esa totalidad virtual, abierta, posible, que llamamos revolución (Espinosa, 2017).

[4] Los contra-espacios se distinguen de los “motines de subsistencia” —como las movilizaciones NIMBY— en que estos últimos no cuestionan las bases del sistema ni el modo de dominio, sino que buscan reparar agravios específicos —son solo fuenteovejunas— (Espinosa, 2015; Hernández, 2012). Los contra-espacios, en cambio, representan un cuestionamiento práctico del dominio capitalista, tanto en términos generales como específicos.

Sin embargo, los “motines de subsistencia” y ciertas acciones colectivas por “derechos” a espacios privilegiados pueden configurar contra-espacios siempre que se opongan efectivamente a proyectos para imponer el poder alienante y controlador del capitalismo sobre el espacio social (Lefebvre, 2000).

[5] Para Lefebvre, los contra-espacios destacan por su capacidad para generar coaliciones y colusiones que evidencian la dialéctica esencial entre reforma y revolución, una unidad imprescindible para desafiar de forma efectiva y sostenida al capitalismo (Jiménez Pacheco, 2018; Lefebvre, 2000).

[6] Para Lefebvre, el espacio social es la forma de la vida social en su despliegue; es la “morfología de lo cotidiano”, lo vivido y experimentado, la forma o el sentido del tiempo social cristalizado y en transformación (Lefebvre, 2000). Crear una nueva morfología de lo social significa crear un nuevo modo de vida, con formas y contenidos sociales y materiales específicos a su modo de producción.

 

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