Seguimos necesitando un techo y muros para conciliar el sueño.
Es evidente que nuestras ciudades no están condicionadas por las pocas obras consideradas como “arquitectura”, sino por las innumerables obras que rayan en el anonimato de la edificación, cuya historia y desarrollo es desdeñada por muchos estudiosos de la “historia de la arquitectura”.
–Gianfranco Caniggia y Gian Luigi Maffei
Imaginemos que, un día cualquiera, la mayor parte de quienes se dedican a la música o a la medicina dejasen de emplear las reglas de la composición musical o abandonasen el conocimiento científico. Sin duda alguna nuestro bienestar mental y físico resultaría irremediablemente dañado. Esta clase de absurdos nos ofrece una imagen muy certera de lo que ha acontecido con el oficio de la edificación durante los últimos dos siglos y medio. En efecto ¿qué otro oficio ha olvidado tan resueltamente sus propias reglas y convenciones, su propia historia, en nombre de una supuesta “innovación”?
Hasta no hace mucho, el oficio de construir y el arte de refinar aquellas pocas obras llamadas a expresar su carácter cívico, eran vertientes que derivaban de una misma fuente: un proceso tipológico procedente de la experiencia constructiva transmitida y perfeccionada durante miles de años en el seno de diversas civilizaciones. La humanidad aprendió a construir precisamente construyendo. De ahí que nuestras construcciones no sean una mera “expresión” de nuestra civilización o época, sino el proceso de su realización (Muratori, 1963). Si lo que somos coincide con el mundo que construimos; y si nuestros edificios, más que expresarnos, son la condición básica de nuestra existencia, ¿qué es lo que esto nos dice acerca del estado actual de nuestras ciudades y asentamientos? Efectivamente, lo que alguna fue el desarrollo acompasado, unitario y orgánico de las construcciones, ahora se ejecuta según una lógica absolutamente ajena a toda necesidad humana, atentando incluso contra todo límite natural.
¿Cómo restaurar, entonces, la continuidad de los procesos tipológicos de nuestras edificaciones? ¿Mediante qué métodos y prácticas podemos encaminarnos hacia la reparación de nuestro entorno? Las siguientes reflexiones se plantean a partir de la premisa de que la superación de la crisis de nuestro entorno construido solo es posible mediante el estudio científico de las leyes y tendencias que rigen su producción y transformación, y de las causas de su perturbación. Esta hipótesis fue explorada originalmente por representantes de la llamada escuela italiana de morfología urbana –notoriamente, Saverio Muratori (1910-1973) y Gianfranco Caniggia (1933-1987) (Cataldi, 2003). Su principal contribución es haber desarrollado un método orientado a la restauración de patrones y procesos que aseguren la continuidad y unidad orgánica del ambiente humano en beneficio de sus habitantes. El propósito de este breve ensayo es sopesar la pertinencia de dicho método y así contribuir al desarrollo de formas de conocer y construir edificios que eviten profundizar la situación crítica en la que se encuentran muchas ciudades y asentamientos.
Conciencia espontánea y proceso tipológico
Es usual que al observar ciertas casas en un lugar tiendan a asemejarse. Esto no necesariamente es así porque hayan sido construidas por las mismas personas o durante una misma época, sino porque son manifestaciones de una tradición constructiva común. Las soluciones de antaño perviven en las edificaciones actuales porque responden a necesidades y problemas similares. Seguimos necesitando un techo y muros para conciliar el sueño. Con el tiempo, dichas soluciones han sido “tipificadas” en la conciencia espontánea de sus constructores (Caniggia y Maffei, 2017; Muratori, 1963). Cada constructor sabe de antemano cómo es que debe construirse una casa, una iglesia, etc. El conjunto de reglas y convenciones tácitas que lo guían a priori en su labor es lo que denominamos tipo edificatorio (Muratori, 1959; Caniggia, 1969; Caniggia y Maffei, 2017). El tipo no se limita, pues, a una clasificación funcional a posteriori o a una existencia puramente ideal.
Todo edificio, sin importar cuán sencillo o representativo sea, pertenece, pues, a un tipo: una “familia de edificios” con nociones constructivas compartidas. Cada edificio individual representa, asimismo, un eslabón en una cadena de transformaciones de un tipo edificatorio en otro: es lo que denominamos proceso tipológico (Caniggia y Maffei, 2017). Al estudiar los procesos tipológicos, partiendo de edificaciones actuales podemos reconstruir regresivamente su desarrollo histórico hasta alcanzar su matriz elemental –o tipo base (Caniggia, 1969). Desde aquí podemos seguir el camino inverso, reconstruyendo progresivamente su proceso tipológico hasta llegar nuevamente a su estado actual. De realizarse adecuadamente, esta “lectura” reflejará las leyes fundamentales de la formación del ambiente humano. Junto a Gian Luigi Maffei (1942-2019), Caniggia dedicó su vida a estudiar estas leyes empíricamente, como se explica a continuación.
“Los edificios son una manifestación, en un lugar y tiempo determinados, del proceso tipológico que caracteriza el área cultural a la que pertenecen (barrio, poblado, ciudad, región, etc.)” (Caniggia y Maffei, 2017, p. 53). Esto significa que no solo coexisten en un espacio geográfico, sino que se derivan los unos de los otros en el tiempo. Su coexistencia espacial y su derivación temporal son las dos formas elementales adoptadas por su proceso tipológico: la diferenciación diatópica y la diacrónica (Caniggia y Maffei, 2017). La primera se refiere a las diferencias tipológicas que se producen entre distintas áreas en un mismo periodo de tiempo. Las edificaciones coloniales características de América del Sur se diferencian de las de América Central, pero aún más de las de China. La segunda, en cambio, se refiere a mutaciones tipológicas sucesivas en el tiempo al interior de una misma área cultural. Es sabido que muchas de las construcciones coloniales se desarrollaron en el tiempo a partir de la combinación y evolución de tipos vernáculos del sur de España y tipos tectónicos de los pueblos originarios, como las construcciones en quincha de barro.
Cada tipo edificatorio se deriva de su propio proceso específico, o serie tipológica (Caniggia y Maffei, 2017). La mayor parte de nuestro entorno está formado por edificios base: construcciones anónimas destinadas al uso doméstico o privado. El resto son solo unos cuantos edificios especializados que albergan instituciones públicas, cívicas o religiosas. Esta no es una mera diferencia funcional, sino que corresponde a la relación orgánica entre el propósito al que sirve un edificio y su expresión acorde (decorum). Cada tipo especializado se deriva de tipos base precedentes, usualmente estructuras espacial y funcionalmente mucho más simples. Esta matriz permanece en los tipos más especializados y complejos como uno de sus componentes (Caniggia y Maffei, 2017). Por ejemplo, los módulos estructurales de las naves laterales de una iglesia conforman galerías a partir de la repetición serial de varias células elementales (Caniggia, 1969). Esta misma lógica rige en escalas progresivamente mayores, desde el tejido urbano hasta la conformación de los organismos urbanos (poblados, ciudades, etc.) y territoriales (región, etc.).
La crisis de la edificación moderna
Desde sus comienzos, la construcción tradicional se caracterizó por una continua evolución técnica y tipológica. En lugar de romper radicalmente con estadios previos, cada nueva fase imita, refina y actualiza la herencia de las precedentes, traspasándola a las generaciones futuras. No obstante, entre mediados y fines del siglo XVIII, esta estructuración del ambiente humano comenzó a mostrar las primeras señales de crisis debido al “salto cuántico” efectuado por la tecnología moderna. Los edificios dejan de ser solo una condición para la producción y comercio de mercancías, pasando a producirse progresivamente como mercancías. Esto afectó algo más que su valor económico. Al transformarse su proceso de producción se alteraron fundamentalmente las leyes de su formación y transformación tipológica. La unidad intrínseca entre los habitantes y su medio, asegurada por la transmisión espontánea del trabajo colectivo de la comunidad, fue brutalmente desgarrada. Esto fue posible gracias a la masiva expropiación de los habitantes durante la colonización europea y los llamados “cercamientos” (Sevilla-Buitrago, 2022). El auge de la manufactura privada de la construcción provocó la progresiva disolución de los gremios de constructores artesanos, introduciendo la necesidad de intermediarios “especialistas” (ingenieros y arquitectos) (Ferro, 2024). Así, desde el siglo XIX en adelante, cada constructor, cada arquitecto, intentará fundar su propio lenguaje estético personalizado, negando todo vínculo tipológico común, y superponiendo sus “intenciones” sobre la estructura de los edificios –aún derivada de su proceso tipológico subyacente. El resultado será el “panorama de excentricidades”, o bien, la monótona estandarización que dominan nuestras ciudades actuales (Caniggia y Maffei, 2017; Lampugnani, 2021). La moderna crisis de la edificación se manifiesta, pues, en primera instancia, como una crisis del lenguaje colectivo de la edificación.
En la misma medida en que la nueva división privada del trabajo fue destruyendo sistemáticamente el vínculo de cooperación directa entre las personas y su entorno –mediándolo a través del intercambio generalizado de mercancías y dinero–, se fue socavando la vinculación orgánica entre los edificios pertenecientes a una misma cultura. Al adoptar la forma de bienes inmuebles (o mercancías fijadas al suelo), será el mercado, y no los lazos colectivos espontáneos, lo que reestablecerá artificialmente el nexo entre los edificios. En la relación de intercambio, todas las edificaciones, sin importar cuán disímiles sean, representan únicamente una determinada cantidad de espacio simple, indiferenciado, cuantificado según una unidad común de superficie enajenable o rentable. Como mercancía privada, dicho espacio se presenta separado de todo vínculo con un lugar, una comunidad y un proceso tipológico determinado. Es, en otras palabras, un espacio autónomo, cuya existencia crea la necesidad de intercambio entre las edificaciones privadas. Su diseño quedará a cargo de los nuevos “especialistas”, quienes lo presentarán como el resultado de su “libertad creativa individual”, cuando en realidad expresa su total sujeción al movimiento de las mercancías y el capital.
Un método procesual
Como resultado de la crisis, el proceso tipológico –si bien aún operante– quedará velado bajo la abrumadora discontinuidad, estandarización y personalización del entorno. La conciencia espontánea comenzará a ser sistemáticamente subsumida bajo la conciencia “crítica” y abstracta de los “especialistas”. “Crítica”, pues, no en el sentido de una mayor reflexividad, sino en el de una actitud disociada y desorientada ante la ausencia de criterios y normas colectivas (Caniggia y Maffei, 2017; Muratori, 1963). ¿Qué hacer frente a estas condiciones? ¿Cómo encaminarnos hacia una restitución de la continuidad y legibilidad de los procesos tipológicos?
Son dos los aspectos centrales de la hipótesis sostenida por la escuela italiana de morfología urbana. Primero, el rendimiento de cualquier edificación depende de cuán difícil le resulta al entorno “absorber” el impacto que implica su diseño y construcción (Caniggia y Maffei, 2017). Es decir, la calidad de un edificio depende de su capacidad para procurar la continuidad tipológica con el entorno en el que se emplaza. Segundo, las crisis no son un proceso negativo o excepcional, sino cíclico y necesario: un punto de inflexión en el desarrollo orgánico del ambiente humano, que posibilita su readecuación y un nuevo equilibrio (Muratori, 1963).
Para poner en práctica esta hipótesis, el método de la escuela italiana aborda de manera dialéctica la relación entre lectura y proyecto. Para Caniggia y Maffei (2017; 1984), la entrada en vigor de la noción de proyecto nace, precisamente, de la enajenación entre los habitantes y su entorno: es un resultado de la crisis de la edificación. Necesitamos “proyectos” y “proyectistas” porque nuestra conciencia espontánea colectiva se ha debilitado o ha sido eclipsada por la conciencia “crítica” de los profesionales. Es por esta razón que, pese a los esfuerzos de las escuelas de construcción y arquitectura, el proyecto se enseña en estas como algo distinto y separado del análisis del entorno, como algo que pertenece únicamente al proyectista en su capacidad “técnica” o “creativa” individual. Mientras que la lectura del entorno y su desarrollo histórico aparece como una mera justificación del proyecto. Posibilitar una salida a la crisis no pasa, pues, por intentar revertir este proceso. Se trata, más bien, de reorientar operativamente la conciencia “crítica” mediante el análisis científico de los procesos tipológicos que fueron guiados previamente por la conciencia espontánea (Muratori, 1963; Caniggia y Maffei, 2017).
Bajo esta perspectiva, la diferencia entre “lectura” de lo existente y “proyecto” que se agrega a lo existente, es puramente formal. En realidad, son dos momentos de un mismo proceso de desarrollo dialéctico. La lectura del entorno y su historia no es puramente analítica, sino operativa, la fase inicial del proyecto. A su vez, el proyecto no es simplemente una “intervención” en un entorno pasivo o imaginado por el proyectista, sino que representa la fase de síntesis del proceso tipológico estudiado en la lectura operativa del entorno (Strappa, 2018; Cataldi, 1998). De ahí que el “proyecto” no pueda entenderse como una simple adición a un lugar existente, sino como una inclusión en un proceso ya puesto en marcha, y en el cual se intercala para proseguirlo y preservarlo en su continuidad.
l método procesual es, en definitiva, un método “regresivo-progresivo”, a la vez temporal y espacial. Comienza reconstruyendo regresiva o analíticamente el proceso tipológico, desde los edificios actuales hasta llegar a sus tipos base. Al mismo tiempo, reconstruye la imbricación entre los tipos de edificios en los tejidos que conforman las distintas escalas del organismo urbano. Luego sigue el camino inverso, reconstruyendo progresiva o sintéticamente cada fase y escala correspondiente, siguiendo el desarrollo espontáneo desde los tipos base hasta alcanzar nuevamente los edificios actuales desde donde comenzó la “lectura”. Este segundo momento se denomina reproyectación debido a que intenta reproducir el desarrollo tipológico tal como transcurrió en la conciencia de las distintas generaciones de constructores (Caniggia y Maffei, 1984). En términos espaciales, se estudia primero la estructuración del tejido urbano, resultante del proceso tipológico, para luego deducir racionalmente la forma que deberá tomar una nueva fase de transformación, manifestada en el proyecto del edificio o conjunto que se pretende construir.
*****
A la luz de lo expuesto, podemos concluir con algunas consideraciones acerca de la pertinencia del método en cuestión y sus implicaciones. Como hemos visto, el estudio de los procesos tipológicos resulta fundamental para poder desarrollar proyectos que eviten contrastar de modo personalista con el entorno, o que permitan reparar y restaurar la continuidad tipológica de aquellas áreas dañadas por décadas de destrucción “creativa”. Es claro que, desde la construcción, la arquitectura y el urbanismo en sí mismos, resultaría utópico intentar transformar las determinaciones estructurales del capital que rigen la producción del espacio en todas sus escalas. Desde la perspectiva revisada, no es recomendable –e incluso resultaría irresponsable– pretender transformar el entorno mediante una política de “borrón y cuenta nueva”. Por desgracia, es la actitud que actualmente domina tanto la profesión como la enseñanza. Al parecer, para estas profesiones resulta más importante estar en consonancia con “los tiempos” –es decir, doblegarse cínicamente ante las circunstancias– que luchar por enriquecer humanamente nuestro entorno, procurando la continuidad de su desarrollo y su justa adecuación a nuestras necesidades y facultades inherentes. A menudo olvidamos que las ciudades actuales no están hechas únicamente de suburbios, malls, edificios corporativos y autopistas. El patrimonio heredado de las culturas constructivas precedentes todavía existe y –aunque opacado bajo los abstractos y arbitrarios “conceptos” de los “especialistas”– aún es posible estudiar científicamente su historia para adecuarlo a nuestras necesidades y problemas actuales. Aquí yace el sentido del término restauro y del método propuesto por la escuela italiana: lograr un modo de relación adecuado entre el entorno y su propia historia, donde los edificios vuelvan a ser una parte orgánica del lugar y la cultura donde son construidos.
Referencias
- Caniggia, G. (1969). Tipo. En P. Portoghesi (Ed.), Dizionario enciclopedico di architettura e urbanistica (pp. 207-210). Istituto Editoriale Romano.
- Caniggia, G., y Maffei, G. L. (1984). Composizione architettonica e tipologia edilizia: 2. Il progetto nell’edilizia di base. Marsilio.
- Caniggia, G., y Maffei, G. L. (2017). Interpreting basic buildings: Architectural composition and building typology (Vol. I). Altralinea.
- Cataldi, G. (1998). Designing in stages: Theory and design in the typological concept of the italian school of Saverio Muratori. En A. Petruccioli (Ed.), Typological process and design theory (pp. 35-55). Aga Khan Program for Islamic Architecture.
- Cataldi, G. (2003). From Muratori to Caniggia: The origins and development of the Italian school of design typology. Urban Morphology, 7(1), 19-34. https://doi.org/https://doi.org/10.51347/jum.v7i1.3904
- Ferro, S. (2024). Architecture from below: An anthology. MACK.
- Lampugnani, V. M. (2021). A radical normal: Propositions for the architecture of the city. DOM.
- Muratori, S. (1959). Studi per una operante storia urbana di Venezia. Istituto Poligrafico dello Stato.
- Muratori, S. (1963). Architettura e civiltà in crisi. Centro Studi di Storia Urbanistica.
- Sevilla-Buitrago, Á. (2022). Against the commons: A radical history of urban planning. University of Minnesota Press.
- Strappa, G. (2018). Reading the built environment as a design method. En V. Oliveira (Ed.), Teaching urban morphology (pp. 159-184). Springer.