Cotopaxi Erupción: De lo Sublime en Kant, la pintura de paisaje y el concepto de Pachamama en la filosofía Andina – Ana Fernández

¿Por qué el llamado subalterno no podría percibir su relacionalidad con este orden cósmico de una manera diferente al supuesto terror invocado por Spivak, cuando solo su supervivencia está en riesgo?

Ana Fernandez Miranda-Texidor, Cotopaxi Erupción y Palma y Ría. Bienal de Cuenca 2026. Foto Leonel García

 

Lo Demás es Loma

El paisaje se abre. Explosiones gaseosas aparecen por encima de bien dispuestos planos,

ejerciendo contraste con los verdiazules grisáceos de las montañas inconmensurables.

Pocas casas aparecen en el horizonte vago y precoz de la tarde ceniza. El silencio se

apodera de las laderas e invita a enloquecer con tranquilidad combustible.

El chocolate batido en nubes circulares nos acecha cada vez más cercano, pesando sobre

nuestro cabello la advertencia extraordinaria del volcán. Alerta naranja, roja, negra,

ceniza, lodo, piedras licuadas caerán sobre la vida de vacas, mujeres y hacienda.

 

Lo Demás es Loma es un poema que escribí a principios de los dos mil después de un fenómeno extraordinario que tuve la fortuna de presenciar: la erupción del volcán Reventador en las laderas de Quito, Ecuador, en 2003. Ya había presenciado la erupción del Pichincha en 2000 y la del Tungurahua algunos años antes. Vivo entre los valles de estos dinosaurios latentes que despiertan de vez en cuando y nos brindan, a las personas que habitamos estas tierras de los Andes, una cruel, aunque maravillosa, mezcla de terror y emoción. Es este terror, junto con una emoción incomprensible, lo que provoca en mí sentimientos confusos. Me siento emocionada al ver la erupción de un volcán al mismo tiempo que la misma me provoca un miedo extremo por lo que realmente puede significar. En ese momento me sentí segura a distancia sin peligro para mi hogar o familia. Sin embargo, la sensación dejó una huella en mí que fue difícil de olvidar. Años más tarde, al leer la Analítica de lo Sublime, conocí este concepto del filósofo Immanuel Kant. ¡Así que era eso! Esto era lo que había experimentado años antes: lo Sublime. En palabras del propio Kant (1987):

 

Rocas imponentes, por así decirlo, amenazantes, nubarrones que amontonaban la bóveda celeste, arrastrados por destellos y estruendos, volcanes en toda su violencia destructora, huracanes que dejaron desolación a su paso, el océano inmenso que se alzaba con fuerza rebelde, la imponente cascada de algún caudaloso río, etc., hacen que nuestra resistencia sea insignificante en comparación con su poder. Pero, siempre que nuestra posición sea segura, su aspecto resulta aún más atractivo por su temibilidad; y llamamos sublimes a estos objetos, porque elevan las fuerzas del alma por encima de la vulgaridad y descubren en nosotros un poder de resistencia de otro tipo, que nos infunde valor para medirnos con la aparente omnipotencia de la naturaleza (p. 91).

 

En este pasaje, Kant específica «siempre que nuestra posición sea segura», porque, por supuesto, si no lo fuera, estaríamos huyendo para salvar nuestras vidas en lugar de reflexionar sobre el inmenso poder de las fuerzas naturales que nos rodean. Sin embargo, Kant también apela a las posibilidades de los humanos para resistir y vencer las fuerzas de la naturaleza. En esto disiento de él. Él equipara los poderes de la naturaleza con la fuerza de la ira omnipotente de un dios, considerando que el ser humano humillado muestra su adoración inclinando la cabeza ante este poder vencedor. La resistencia es inútil cuando los humanos son vencidos por las fuerzas de la phusis griega o, en la filosofía andina, la Pachamama (madre Tierra). La phusis no es la lex-natura de Cicerón, sino una fuerza inmensa sin paralelo en términos humanos. La Pachamama también es impredecible y nada acorde con lo que los humanos u otras criaturas pueden hacer para protegerse.

Una de las voces más importantes de los estudios culturales es Gayatri Chakravorti Spivak (1999), y su dura crítica a Kant proviene precisamente de su posicionamiento del sujeto subalterno, «el hombre crudo», en un lugar donde no tiene la capacidad para percibir la noción de sublimidad, pues teme constantemente por su vida. Afirma,

 

Quienes son “cocinados por la cultura” pueden «denominar» la naturaleza sublime [erhaben nennen], aunque necesariamente a través de una metalepsis. Para el hombre crudo, el abismo se presenta [erhaben vorkommen] como simplemente terrible. El hombre crudo aún no ha alcanzado o no posee un sujeto cuyo ángulo o programación incluya la estructura del sentimiento moral. Aún no es el sujeto dividido y perspectivizado entre las tres críticas. En otras palabras, aún no es, o simplemente no es, el sujeto como tal, el héroe de las Críticas, el único ejemplo del concepto de un ser natural pero racional. Esta brecha entre el sujeto como tal y el aún no sujeto puede ser salvada, en circunstancias propicias, por la cultura (p. 14).

 

En su crítica, Spivak invoca, la superioridad cultural de Kant y su época, posicionando una postura irónica, sobre la imposibilidad del «hombre crudo» de lograr la metalepsis (una metonimia de una metonimia) necesaria para percibir lo sublime. Para este «hombre crudo», el abismo (lo sublime) es «meramente terrible». Sin embargo, en esta concepción de lo sublime como cultura, el llamado «hombre crudo» carece del instrumento mismo que supuestamente le permitiría percibir lo sublime: la cultura. Las comunidades indígenas originarias de las Américas o Abya-Yala no distinguen entre naturaleza y cultura; una y otra son lo mismo. Existe, como lo escribió Philippe Descola (año) en Más allá de Natura y Cultura, un continuo entre la una y la otra. La fuerza de la naturaleza siempre se percibe como arte y viceversa, debido a la enérgica capacidad del volcán o la roca para crear paisajes inimaginables y de la planta para producir una obra de arte tan bella como la flor.

En Kant, el concepto de lo sublime es a posteriori, lo que significa que es algo que se piensa después de que el evento natural ha pasado y el sujeto humano puede reflexionar sobre el mismo. Si un hombre pierde su hogar, dice Spivak, ¿cómo siquiera podrá considerar la idea de lo sublime? Sin embargo, no solo cuando un individuo es capaz de vivir más allá de sus propios desafíos cotidianos es perceptible lo sublime, sino cuando es capaz de intuir el más allá en la naturaleza, que algo parecido a una detonación del concepto es posible. La mujer o el hombre, inmersos en los desafíos diarios de la supervivencia, también son seres capaces de ir más allá de las necesidades cotidianas. Así, capaces de percibir el asombro en los fenómenos insondables de la naturaleza, como lo hacían los antiguos en su relación con la Pacahamama, el sujeto subalterno contemporáneo de los Andes, mestizo o indígena, también es capaz de percibir y sentir un profundo asombro. En su libro Filosofía Andina, José Estermann (2009) asegura “Todo es «sagrado» (o «sacramental») porque forma parte de ese orden cósmico y divino, y, por lo tanto, toda relación en cierto sentido es «religión», nexo (directo o indirecto) con lo divino como fundamento inmanente de la relacionalidad” (p. 304).

Así, al estar en relación directa con lo sagrado, el runa o persona andina es capaz de percibir una noción de lo sublime en contacto con la sacralidad de la tierra y sus fenómenos. No es algo ajeno a los habitantes de los Andes; por lo tanto, no es algo que se imponga mediante una noción de «sublimidad» impuesta por un concepto de cultura kantiano y europeo. ¿Por qué el llamado subalterno no podría percibir su relacionalidad con este orden cósmico de una manera diferente al supuesto terror invocado por Spivak, cuando solo su supervivencia está en riesgo? La postura de Spivak se basa en el supuesto marxista de que el sujeto trabajador es incapaz de otra cosa que trabajar por un salario. Además, en el capitalismo tardío, la capacidad de las personas en todo el mundo para experimentar algo más que el valor material creado por la productividad incesante está aumentando a un ritmo acelerado. ¿Sería posible para la mujer o el hombre andino, en contacto con la sustancia inefable de los volcanes, las plantas y la tierra, percibir otro orden de relacionalidad cósmica que los catapulte en una «línea de fuga» contraria a la estructura marxista de clase y poder? ¿Acaso no somos capaces de seguir experimentando el trance extático del que habla Walter Benjamin (1928) en su texto «Al Planetario»? No lo sé. Me gustaría pensar que es posible, aunque cada vez menos alcanzable.

El tiempo (por no hablar del «derecho») para contemplar, para tomarnos un respiro del trabajo o las redes sociales parece estar cada vez más lejos de nosotros. El arte podría ser la única posibilidad que tenemos para distraernos del parloteo constante y el ruido orgiástico del capitalismo tardío. Estar cerca de la tierra, las plantas y los animales parece un privilegio reservado solo a los ricos. Sin embargo, ese no es el caso de los habitantes de las montañas andinas. Extensas colinas, paisajes inimaginables, volcanes en erupción, lagos y silencio forman parte de esta característica distintiva de la tierra. Las criaturas deambulan: pequeños bichos, pájaros, insectos y la insuperable incertidumbre de lo inesperado está presente a todo momento.

Quizás el hombre crudo de la ciudad sea incapaz de experimentar lo sublime, y Spivak tiene razón al cuestionar la suposición de Kant, basada en su privilegio como hombre blanco cisgénero, de que lo sublime es una conceptualización a posteriori, tamizada por la cultura. ¿Significa esto que solo algunas clases privilegiadas son capaces de percibir líneas de fuga e intensidades, como las llamaría Deleuze? Sería demasiado arriesgado proponerlo, aunque también lo es no hacerlo. El profundo conocimiento adquirido por los yachags y curanderas a través de plantas maestras y estados alterados de consciencia habla por sí solo. Es la travesía por el reino de estos maestros de la tierra y sus encuentros con los «guías espirituales» o “dueños” lo que permite la comprensión interespecies y nuestro papel en los complejos ritmos de navegación del planeta. Volver a la tierra implica también hacer de las ciudades lugares de contemplación y amistad con el suelo, los bichos, los pájaros y las plantas. Organizar jardines de cultivo donde antes había solo patios encementados, alzar el cemento y tocar el suelo nos hace hermanos del mismo y parte de las criaturas del planeta. Asombrarnos y percibir lo sublime del paisaje andino es entonces un ejercicio de magia cotidiana a la que tenemos acceso si dejamos la puerta del asombro abierta. Tal vez, ese es uno de los regalos del arte: abrirnos la posibilidad de experimentar lo sublime del paisaje andino a través de sus dispositivos culturales al uso: contemplación, creación, caminata, silencio, meditación, momentos de recogimiento para sentir la tierra, la madre tierra, la Pachamama. La facultad de ser poseídos por lo sublime es cierta cada día al despertar y contemplar el Atacazo, el Cotopaxi, el Pichincha majestuoso, el Cayambe y Antisana nevados.

La sola idea de que el Cotopaxi erupcione nos llena de terror y a mí de emoción:
Grandes rocas serán expulsadas de sus fauces, ríos de lava correrán por donde antes pacíficas aguas lamían orillas arenosas, lahares llenos de magma intenso y ardiente recorrerán calles y carreteras antes pobladas por automóviles y pavimento.
El paisaje será arrasado y después otro paisaje nacerá de este.
Otros seres lo habitarán.
Otras maravillas crecerán.
Y quizás, solo quizás, quien haya podido contemplar este espectáculo a lo lejos, en el reconfortante refugio de su casa, pueda sentir la potencia de la tierra, de la pacha hablando; no como castigo, ni karma, sino como inmensidad, como intensidad, línea de fuga o afecto inmanente.

Nada se compara a la fuerza vital de este acontecimiento telúrico, tantas veces imaginado. Pueblos enteros como los Yumbos desaparecieron por la erupción del Ninahuilca, pueblos enteros imaginaron que la erupción de los volcanes era un castigo de los dioses y un aviso para dejarse conquistar por los barbudos blancos que entraban por el mar. La noción de lo sublime se intensifica en estos parajes. Es imposible no pensarla, no experimentarla y vivirla. Aunque no sepa qué es lo sublime, experimenta su violenta y bella emoción. Aunque no haya sido tamizado por la cultura, la percepción de él o la runa andina siempre será la del asombro y el respeto por la pacha y su fuerza: ñukanchi llakta.

 

Ana Fernández Miranda Texidor Cotopaxi en Erupción “Archivos de lo Invisible” Bienal de Cuenca 2026

 

Referencias

  • Benjamin, W. (1928). Al planetario. https://bibliotecaignoria.blogspot.com/2025/01/walter-benjamin-hacia-el-planetario.html
  • Estermann, J. (2009). Filosofía Andina, Sabiduría Indígena para un Nuevo Mundo. Editorial Instituto Superior Ecumenico de Teología.
  • Kant, I. (1987). Crítique of Judgment. Trans. By Werner Pluhar. Hackett Publishing Company  Indianapolis.
  • Spivak, G. C. (1999). A Critique of Postcolonial Reason, Toward a History of the Vanishing Present. Harvard University Press.

 

Las imágenes para la ilustración de esta edición son una colaboración de la artista ecuatoriana Ana Fernández, a quien expresamos nuestro agradecimiento profundo por la generosidad de permitir su uso. 

 

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