«Contra el canon arquitectónico: demoler exclusiones para construir diversidad» – Carlos Arcos

 

La arquitectura nunca ha sido inocente. Cada línea trazada en un plano es un acto de poder: históricamente, un grupo reducido —occidental, masculino, académico— ha dictado qué merece llamarse “arquitectura” y qué debe quedar en la sombra. Hoy, mientras ciudades como Quito o Guayaquil se asfixian bajo réplicas de vidrio y acero, urge cuestionar: ¿qué voces faltan en este coro de hormigón?

Este texto no es un manifiesto, sino un martillo. Un golpe contra los dogmas que convierten el espacio en un museo de certezas. En un mundo de crisis climática y transformaciones sociales, la arquitectura debe romper con la homogeneidad y abrazar la diversidad —de materiales, enfoques y actores— como motor de su evolución.

 

Luchar por el espacio: De la exclusión a la co-creación

La arquitectura es una lucha por el territorio. Henri Lefebvre (1991) lo resumió: menos del 10% de la población (urbanistas, arquitectos) ha decidido qué es “legítimo”. El resultado es un modelo de ciudad que excluye a comunidades marginadas, replicando modelos ajenos a sus realidades. Pero hay grietas en el sistema: el urbanismo táctico y la arquitectura social demuestran que, al integrar diversas disciplinas y saberes, la arquitectura puede convertirse en una herramienta de empoderamiento comunitario, en lugar de ser un instrumento de exclusión.

 

El colapso de la imaginación y la estandarización del espacio

“Bienvenidos a la ciudad global”, anuncia una pantalla en Kuala Lumpur. La ironía es palpable: ese término —acuñado por Saskia Sassen en los 90— hoy describe un fenómeno más cercano a un collage fallido. Desde Dubai hasta Santiago, proliferan distritos financieros idénticos, malls con fuentes danzantes y plazas duras de mármol. Rem Koolhaas (2002) lo llamó junkspace: arquitectura convertida en fábrica de placebos, donde la eficiencia económica anula la identidad.

La estandarización no solo limita la estética: reduce la adaptabilidad. El resultado son ciudades que podrían intercambiarse como piezas de Lego. ¿Por qué un barrio financiero en Quito busca parecerse al de Seúl? Se pasa por alto que los Andes no tienen monzones. La razón es económica: estos diseños reducen costos y plazos. Pero hay otra lectura: la eficiencia se ha vuelto el último refugio de la falta de coraje del creativo frustrado.

En estas condiciones, es crucial recordar a Frampton, quien afirma que la mejor arquitectura siempre ha sido aquella que “resiste el reduccionismo de la época”. Por ello, propongo tres axiomas: (1) La identidad no es decoración: Debe codificarse en la estructura, no en fachadas folclóricas; (2) Los materiales hablan: Usar acero alemán en el Amazonas no es progreso, sino colonialismo disfrazado; (3) El error es necesario: si un diseño puede replicarse en 20 países sin ajustes, es síntoma de pereza intelectual.

 

Materia y tiempo: Lo sostenible no es un catálogo, es imaginación

El edificio más interesante de Quito no está en ninguna guía turística. Es una casa de los años 40 que los vecinos han modificado veinte veces. Este edificio-mutante revela un secreto incómodo: la arquitectura más resiliente es la que aprende a desobedecerse a sí misma.

En un contexto de crisis climática y transformaciones sociales aceleradas, el diseño de espacios debe concebirse desde una lógica de adaptación y resiliencia (Rossi, 2004). La emergencia climática no es un escenario futuro: es el presente. El uso de materiales sostenibles y la integración de tecnologías emergentes son estrategias clave. Los materiales tradicionales —cemento, acero, vidrio— fueron pensados para durar siglos, pero ¿qué pasa cuando duran demasiado? En Rotterdam, un pabellón de algas bioluminiscentes se autodestruye en una década. No es un capricho: es un ensayo sobre el derecho a desaparecer.

Aunque el 68% de los edificios nuevos en América Latina aún usan concreto armado (CAF, 2023), surgen alternativas: madera laminada en Suecia, bambú en Ecuador, ladrillos de plástico reciclado en Kenia. El reto no es técnico, sino cultural. Como dijo Anne Lacaton, premio Pritzker: “Lo sostenible no debe parecer exótico, sino inevitable”.

 

Reimaginar las luchas: cuando la calle escribe el plano

La arquitectura del futuro —si es que quiere tener futuro— debería dejar de buscar “soluciones” y empezar a hacer preguntas incómodas: ¿Quién tiene derecho a fallar? ¿Cómo diseñar sin imponer? ¿Qué significa habitar en tiempos de colapso?

En el Mercado de San Roque, Quito, la arquitectura no se diseña: se pacta. Puestos que crecen como raíces, techos de lona anudados por vendedoras, baños rosas que a las tres de la tarde son salones de té. Este caos organizado revela una verdad incómoda: aceptar que, a veces, el rol del arquitecto ya no es dibujar soluciones, sino facilitar marcos donde múltiples soluciones coexistan. La clave está en sustituir lo “definitivo” por lo revisable, de modo que la única planificación inteligente y posible incluya su propia cláusula de caducidad.

 

Arquitectura sin dueños: El derecho a dibujar el país entre todxs

Romper con los dogmas en arquitectura no es solo un imperativo técnico, sino un acto de justicia social. En un país como Ecuador, donde el 65% de las ciudades han crecido de forma informal (INEC, 2023), la lucha por el espacio exige abandonar las definiciones estrechas de lo «legítimo» para abrir paso a un diálogo plural.

Pero un riesgo acecha: profesionales autoproclamados “guardianes de la disciplina” que, desde instituciones, imponen cánones excluyentes y expulsan aquello que no luce como lo que hacen, aunque los premios internacionales contradigan su visión. Bajo discursos de “defensa de la arquitectura”, marginan prácticas comunitarias y folclorizan lo local.

Frente a esto, los jóvenes tenemos un rol clave: ser vigilantes críticos de quienes, desde tribunas de poder, intentan monopolizar la definición de qué es —o no— arquitectura. No se trata de romper con lo técnico, sino de ampliar sus linderos. ¿Cómo? Apoyando al estudiante que investiga cómo los Tsáchilas enfrían casas sin aire acondicionado, o al colectivo que mapea iniciativas culturales en Quito.

La invitación está abierta: repensar la arquitectura en Ecuador es, ante todo, democratizar su práctica. Construyamos — desde la neblina fría de los páramos al soplo cálido del litoral — un país donde el espacio no tenga dueños, sino cómplices.

 

Referencias

  • CAF. (2023). Informe sobre el uso de materiales en la construcción en América Latina. Banco de Desarrollo de América Latina.
  • INEC. (2023). Crecimiento urbano y informalidad en Ecuador. Instituto Nacional de Estadística y Censos.
  • Koolhaas, R. (2002). Junkspace. Obsolescence. A Special Issue, (100), Cambridge (Mass.).
  • Lefebvre, H. (1991). La producción del espacio. Capitán Swing.
  • Rossi, A. (2004). La arquitectura de la ciudad. Gustavo Gili.
  • Sassen, S. (1991). La ciudad global: Nueva York, Londres, Tokio. Princeton University Press.
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