Por: José Martínez Albornoz
No parece existir un verdadero interés político en democratizar el acceso cultural. Es crucial que los diferentes niveles de gobierno concentren esfuerzos en acercar la cultura a la ciudadanía. La reciente crisis sanitaria de escala mundial demostró la importancia de las manifestaciones culturales —como la música, el cine y el teatro— para el bienestar en un entorno de encierro.
Introducción
Partiendo de lo difícil que puede resultar definir el término «cultura» debido a su naturaleza compleja, multidimensional y dinámica, este texto busca mostrar algunas aproximaciones que pretenden encontrar una definición más acorde con las necesidades actuales de la sociedad.
Desarrollo o cuerpo
La idea de cultura ha tenido significados diversos y variados a lo largo del tiempo. Desde la antigüedad, esta palabra se utilizaba para referirse a trabajos netamente agrarios; en la Edad Media, el término aludía principalmente a un terreno cultivado. En el Renacimiento, esta idea se trasladó al ser humano, empleándose para describir a una persona formada en las bellas artes. A partir del siglo XVIII, se consideraba «culto» a quien demostraba un conocimiento ilustrado, y esta concepción permaneció prácticamente inmutable hasta el siglo XIX, cuando se sumaron las buenas costumbres y los modales refinados como parte de la noción de cultura. Fue recién a mediados del siglo XX que las definiciones de cultura comenzaron a incluir las diversas facetas del ser humano, observadas desde una perspectiva más cercana a la antropología.
Para la UNESCO, como entidad rectora de las actividades culturales de los países miembros de la ONU, “la cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”. Esta definición es amplia y permite considerar prácticamente todo el accionar humano como cultura. En este sentido, la definición de la UNESCO coincide con la acepción proporcionada por el filósofo y catedrático español Javier Gomá, quien sostiene que todo lo producido en una comunidad específica puede considerarse cultura, ya que en esta comunidad existe una visión compartida del mundo.
Desde una perspectiva latinoamericana, la noción de cultura ha sido profundamente influenciada por los procesos históricos de colonización, resistencia y emancipación. Para el antropólogo argentino Néstor García Canclini, «la cultura es un proceso dinámico y heterogéneo en el que las tradiciones y modernidades se entrecruzan, formando nuevas identidades híbridas». Esta definición destaca la capacidad de las culturas en América Latina para adaptarse y transformarse, resistiendo las imposiciones externas mientras genera nuevas expresiones culturales.
En Ecuador, el enfoque sobre la cultura no siempre refleja una profunda conexión con las raíces indígenas y mestizas. El antropólogo ecuatoriano Alejandro Moreano enfatiza que “la cultura en el país no puede entenderse sin reconocer la diversidad étnica, lingüística y territorial que caracteriza a su población». Moreano destaca que las culturas ancestrales no solo son formas de vida, sino también sistemas de conocimiento y organización social que siguen siendo relevantes en la actualidad. Esta perspectiva coincide con el concepto de interculturalidad promovido en la Constitución del Ecuador de 2008, donde la cultura es reconocida como un derecho fundamental y un eje para la construcción del Buen Vivir (Sumak Kawsay).
La idea de considerar el término «cultura» como el producto final de un proceso artístico, intelectual o científico está más ligada a la concepción renacentista de cultura, que posteriormente incorporaría elementos del periodo de la Ilustración. Gomá establece una interesante distinción entre esta acepción y una más inclusiva. Según él, si la cultura se entiende como producto, solo un grupo reducido de personas tendría acceso a ella como un privilegio. Además, esta noción permite hablar de cultura como un bien comercializable.
Es importante mencionar la propuesta del antropólogo argentino Alejandro Grimson, quien explica que el concepto más contemporáneo de cultura surgió como oposición a la idea de «alta cultura». Este término, heredado del siglo XIX, dividía a las personas entre «cultas» e «incultas», con las primeras representando un grupo minoritario frente a una mayoría constituida por las clases medias y bajas de la sociedad.
En cuanto a la idea de cultura como mercado, la industria cultural se ha convertido en una línea de producción en serie de bienes y servicios culturales, eliminando poco a poco las expresiones culturales propias de cada región. Estas presentaban una singularidad especial que merece ser protegida. Un ejemplo claro de esta situación es la «folclorización» de los pueblos indígenas de Ecuador, donde sus prácticas y conocimientos ancestrales son reproducidos sin límite, despojándolos de su contexto original. Además, muchas veces se les niega el reconocimiento como actores de estos productos. Un caso emblemático es el sombrero de paja toquilla, cuya técnica de tejido es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, pero que en muchas geografías sigue llamándose «Panamá Hat».
El crecimiento de la cultura como mercado se debe, en gran parte, a la expansión de las tecnologías de la comunicación. Por ejemplo, en el pasado, la lectura de novelas era accesible para una minoría de la población; Charles Dickens, aunque exitoso para su época, tuvo un alcance limitado. En contraste, J.K. Rowling y sus bestsellers de Harry Potter han alcanzado un éxito abrumador gracias al marketing digital, que permite masificar el consumo cultural y llegar a lugares impensados décadas atrás.
Finalmente, es necesario abordar las políticas públicas frente a la cultura. No parece existir un verdadero interés político en democratizar el acceso cultural. Es crucial que los diferentes niveles de gobierno concentren esfuerzos en acercar la cultura a la ciudadanía. La reciente crisis sanitaria de escala mundial demostró la importancia de las manifestaciones culturales —como la música, el cine y el teatro— para el bienestar en un entorno de encierro.
Conclusión
En resumidas cuentas, definir «cultura» siempre será un desafío debido a las múltiples perspectivas desde las que se aborda el término. Una definición menos ambigua debe generarse desde distintos frentes (pueblos, academia y gobierno), pero con un objetivo común: alejarse de estereotipos y generalizaciones.
Si nos aventuramos a definir este término podríamos decir que cultura es: «El conjunto dinámico, diverso y multidimensional de prácticas, conocimientos, creencias, valores y expresiones materiales e inmateriales que caracterizan a una sociedad o grupo social. La cultura se construye y transforma constantemente a través de procesos históricos, sociales y simbólicos, incorporando tanto las tradiciones como las innovaciones, y constituyendo un eje fundamental para la identidad, la cohesión social y la interacción intercultural.”
Esta definición busca integrar las perspectivas antropológicas, históricas y contemporáneas, destacando la poderosa capacidad de la cultura para adaptarse a las nuevas realidades sin perder de vista su conexión con las raíces y el contexto en el que se desarrolla.
José Martínez Albornoz. Cuenca, 1988. Historiador aficionado y culturofílico
Referencias:
- García Canclini, N. (1995). Consumidores y ciudadanos: Conflictos multiculturales de la globalización. Grijalbo.
- Gomá, J. ¿ Qué significa hoy la palabra cultura. La Vanguardia [en línea en mayo de 2018]: http://www. lavanguardia. com/cultura/20180113/434230496386/javier-goma-peroquien-de-verdad-vive. html.
- Grimson, A. (2011). Los límites de la cultura: Crítica de las teorías de la identidad. Siglo XXI Editores.
- Moreano, A. (1992). La cultura en el Ecuador contemporáneo. Ediciones Abya-Yala.
Imagen tomada de uv.es e intervenida digitalmente.