¿Cuánto cuesta apropiarse del espacio, habitarlo y gozar en él, producir diferencias en el tiempo cotidiano, luchar en y por ese espacio? El contra-espacio, concepto original de Henri Lefebvre, puede ser un instrumento teórico útil para que la sociedad pase a la ofensiva en el espacio actual. Este ensayo propone seguir el movimiento de tal concepto y esbozar su praxis. Lo cual implica revelar el verdadero rostro del espacio del capital, mostrar una flecha hacia el espacio radical humano y perfilar una estrategia contra-espacial.
El espacio del capital, nacido de las vanguardias pictóricas de inicios del siglo XX, es aquel espacio homogéneo y homogeneizante, idealizado y realizado por Le Corbusier y la Bauhaus. Su idealización se desarrolla a partir de su carácter visual y óptico, y se lo puede diferenciar por su aspecto ilusorio y espectacular. Las obras de Le Corbusier desvelan este espacio representado con el fin de producir y reproducir la imagen exaltante de un hombre fuerte, que en la alegría de la luz contemplaba la naturaleza, los espacios verdes y las siluetas de otros hombres extendidos sobre la gloriosa claridad del sol. Este espacio programa la vida cotidiana hacia el laberinto manipulado del consumo, desarrollando una espacialidad jerarquizada entre los espacios cultos y vulgares, entre los espacios residenciales y los que funcionan para otras cosas, excepto para vivir.
El espacio del capital también ordena desde su centralidad cívica y burocrática por el poder del conocimiento y la decisión. La propiedad privada como relación social atrofia las invenciones de los arquitectos o los urbanistas y anula sus capacidades críticas y creativas. Es un espacio organizado para que los usuarios sean reducidos a la pasividad y al silencio, mientras se le hace creer lo contrario. Está dominado por la pulverización de la propiedad (privada) llevada a cabo por promotores, y la invención del espacio público para el control de los disturbios y las diferencias, salvo que los ocupantes se rebelen dócil o violentamente. Me refiero a una rebelión máxima que cuestione el conjunto del espacio intercambiable y abstracto, que implique la alteración de la cotidianeidad, la toma de la centralidad y el fin de la jerarquización espacial.
En el plano teórico, conviene mostrar una dirección posible a la cual dirigir todas las rebeliones, distinguiendo las principales cualidades de un espacio radical humano que sea reconocido al nivel de la vida cotidiana. Esto es, un espacio capaz de acoger, permitir y reproducir la actividad creadora del ser humano; que entrañe el potencial cohesionador (no homogeneizante) de una sociedad fragmentada y socialmente jerarquizada; que contribuya a corregir la desigualdad social, profundizando en la tensión de las desigualdades espaciales; y alimente de acontecimientos los momentos humanos, con el objeto de intensificar el rendimiento vital de su cotidianidad, su facultad de comunicación, de información, y sobre todo, de goce.
Se trata de un espacio producido como una obra que facilite nuevos modos de relacionarse entre el ser humano y la naturaleza, entre seres humanos como tales, y entre lo humano y lo transhumano. Un espacio radicalmente cotidiano del cual es posible apropiarse profundamente; y en el cual, una persona puede alcanzar su libertad en las diferencias, dentro de una comunidad que las acepta. Se presenta este objeto espacial transformador e inalienable, o más bien, que desconfía de las alienaciones y es eficaz para denunciarlas. En otras palabras, este espacio, del mismo modo que la crítica de la vida cotidiana, está preparado para exponer las miserias de la cotidianidad y guiar su transformarción.
Con ensayos, errores, éxitos y fracasos, las comunidades no han encontrado aún su morfología apropiada. En este sentido, la superación de la fase elitista de un espacio del goce, expresión de una comunidad del uso de los bienes de la tierra, está aún por realizarse por medio de la estrategia contra-espacial y la autogestión generalizada. Lo que sugiere introducir la idea de la producción de un contra-espacio en la realidad social. Esta estrategia se activa contra el espacio abstracto de la cantidad y la homogeneidad, contra el poder y la arrogancia del poder, contra el sistema inmobiliario y la expansión sin fin de la rentabilidad privada en el denominado espacio público, contra los espacios especializados, y la localización restringida de la función del ocio en la ciudad.
Debemos argumentar que existe una élite que rechaza los modelos cuantitativos de consumo y los procedimientos de homogeneización, y que es indistinguible de otras élites, por mucho que simulen las diferencias. Mientras tanto, las masas difieren realmente entre sí, y buscan inconscientemente las diferencias, aceptando lo cuantitativo y lo homogéneo, porque necesitan sobrevivir. Dicha fracción de las élites (cultivadas) ha asumido el rol de indicar a las masas la imposibilidad de vivir de acuerdo a la masificación y los imperativos de la cantidad. Y aunque las masas trabajadoras ya experimentan esa imposibilidad en la vida laboral, esta conciencia debe comprender también su vida cotidiana fuera del trabajo. En cualquier caso, más allá de la relación entre las fracciones elitistas y las mayorías trabajadoras, de acuerdo con las capacidades de las fuerzas productivas (tecnológicas e intelectuales), el nuevo espacio no llegará de las manos de un grupo social, sino de las relaciones intergrupales, entre clases y fracciones de clases a escala mundial.
Para explicar en qué consisten los proyectos contra-espaciales, es lógico pensar en una hipotética población que se opone a un programa de construcción de infraestructuras, a procesos de extractivismo rural o urbano, o planes de densificación de la vida urbana, reclamando equipamientos sociales, un ambiente saludable, vivienda asequible, o plazas libres para el juego y el encuentro social. Aquí se muestra la introducción de un contra-espacio en la realidad espacial del capital. Naturalmente, esto hace que las diferencias inducidas –dentro del sistema y provocadas por el sistema– tiendan a constituirse y a cerrarse (como en el mundo de las urbanizaciones cerradas), distinguiéndose con dificultad de las diferencias producidas, que escapan a las reglas del sistema, y de las diferencias que han sido reintegradas mediante la cooptación y la violencia en el seno del sistema. También sucede –muchas veces– que el contra-espacio y el proyecto alternativo simulan el espacio existente, demostrando sus límites, sin escapar realmente de él. Los denominados espacios históricos, culturales, de ocio y turismo, parecerían escapar a los controles del orden establecido, constituyendo un contra-espacio genuino, en tanto que espacios lúdicos o de representación, pero es una mera ilusión.
En esta línea, serán vitales las fuerzas de base (sindicatos, plataformas, huelgas, colectivos, etc.) porque son las llamadas a reabsorber los ciclos y las contradicciones en la relación entre las fuerzas del Estado y los poderes locales, mediante la sustitución de la maquinaria del Estado por dispositivos de procesamiento de información, alimentados y controlados por la base y la praxis autogestionaria. En esta dirección, la problemática del espacio debe plantearse en términos de relación entre fuerzas sociopolíticas. Véase el caso de que, solo la presión económica de las bases podría modificar la producción de la plusvalía. Esto es, una presión fundada sobre la práctica espacial del habitar capaz de variar la distribución de la parte del excedente destinado a los intereses colectivos de la sociedad y a los servicios públicos. Y para que esa presión pueda ejercerse eficazmente, la contestación no debe dirigirse únicamente contra el Estado en tanto que gestor de los intereses generales, sino también en su calidad de organizador del espacio (planificación, proyectos urbanísticos, regulación y control de flujos y redes, construcción, etc.).
De este modo, la presión contra al Estado mostraría su capacidad de intervención espacial mediante la propuesta de otro espacio: contra-planes y contra-proyectos que frustren las estrategias, los planes y programas impuestos desde arriba. Así, este paso a la ofensiva a través la estrategia contra-espacial desbordaría la típica oposición establecida entre reforma y revolución, porque toda propuesta de contra-espacio, incluso la más insignificante en apariencia, sacudiría de abajo hacia arriba el espacio del capital, sus estrategias y objetivos. Sin embargo, es de esperar que se presente el silencio de los usuarios, porque temen que el más leve movimiento tenga consecuencias, y que el orden establecido caiga con todo su peso sobre ellos, en caso de insinuar la llegada del espacio radical humano.