En el imaginario moderno occidental la naturaleza tiene género. Se dice “la” naturaleza con una familiaridad que rara vez se cuestiona. Se habla de la Madre Tierra, de la Madre Naturaleza, de fuerzas femeninas que dan vida y que nutren. Esta feminización lejos de ser inocente es una operación semiótica que reproduce, en el plano de la relación con el mundo natural, la misma lógica que ha regulado históricamente la relación con las mujeres.

“Obligar a la Naturaleza a que rinda sus secretos como una esclava” Francis Bacon.
Hay una operación filosófica que la modernidad occidental realiza con eficacia: la separación. Antes de poder dominar algo hay que separarse de ello. Antes de gobernar la naturaleza, hay que haber decidido que no se es naturaleza. Esta ruptura no es un hecho biológico ni un destino humano inevitable; más bien es una construcción histórica y política, sostenida por estructuras de poder que Adorno y Horkheimer denominaron “razón instrumental” y que Aníbal Quijano leyó como una de las expresiones más profundas de la colonialidad del poder. Bajo esta lógica, la no identificación del ser humano (y en especial del sujeto moderno occidental) con la naturaleza no es un olvido o una ingenuidad sino la condición de posibilidad del dominio.
Separarse de la naturaleza es el primer gesto de quien se prepara para conquistarla y ese gesto no es neutral respecto al género: la naturaleza ha sido sistemáticamente feminizada, construida a imagen y semejanza de lo que la modernidad esperaba de las mujeres: fecunda pero pasiva, generosa pero gobernada, sublime pero disponible, abnegada y ulteriormente ignorada.
Para desarrollar los argumentos será necesario convocar un conjunto de perspectivas que, desde diversas rutas del pensamiento confluyen en que la construcción de la naturaleza como objeto es inseparable de la noción velada que asume también a las mujeres como recursos.
1. La naturaleza como cuerpo sometible
Pocas metáforas resultan tan manifiestas como las que Francis Bacon empleó en el Novum Organum (1620) para describir la relación del conocimiento científico con la naturaleza. Bacon no habló de comprensión del mundo natural sino de obligar a la naturaleza a que entregue sus secretos y de hacerla “servir al hombre”. La figura que se evoca es inequívocamente femenina e implica coerción: la naturaleza es un cuerpo que debe ser sometido y una voluntad que debe ser doblegada. Esta retórica no es sino la articulación de un programa epistemológico y político nada neutral.
En el marco baconiano conocer es dominar, y dominar implica una relación de asimetría estructural entre un sujeto activo (el científico, el hombre racional y civilizador) y un objeto pasivo, cuya única posibilidad es rendirse y producir. La naturaleza, en este esquema, no tiene un interior propio y su valor reside únicamente en lo que puede dar cuando se la somete.
El hombre, servidor e intérprete de la naturaleza, ni obra ni comprende más que en proporción de sus descubrimientos experimentales y racionales sobre las leyes de esta naturaleza; fuera de ahí, nada sabe ni nada puede. (Bacon, Novum Organum, Aforismo I)
El intérprete de Bacon no es un interlocutor sino es quien tiene el derecho de traducir y de reducir la complejidad del mundo natural en información útil para el proyecto de dominación. La naturaleza, en esta arquitectura, nunca habla por sí misma y siempre necesita ser interpretada por el sujeto racional que se ha definido a sí mismo, precisamente, por su capacidad de separarse de ella.
Como señala Carolyn Merchant en The Death of Nature, la transformación de la naturaleza de organismo viviente a máquina explotable coincide históricamente con la persecución y el disciplinamiento de las mujeres en la Europa de los siglos XVI y XVII: ambas (la naturaleza y la mujer) son entendidas simultáneamente como territorios por conquistar.
2. La razón instrumental y la naturaleza como medio
La Dialéctica de la Ilustración (1944) de Theodor Adorno y Max Horkheimer ofrece un diagnóstico filosófico riguroso al sostener que el proyecto ilustrado, nacido con la promesa de liberar al ser humano de las supersticiones y el pensamiento mágico, culmina paradójicamente en una nueva forma de dominación: la razón instrumental. Esta razón, que no pregunta por los fines sino solo por los medios más eficientes, convierte todo en recurso calculable, incluida la naturaleza.
Una de las propuestas centrales de Adorno y Horkheimer es que tanto la dominación de la naturaleza exterior como la dominación de la naturaleza interior (entiéndase la represión de los impulsos y afectos) son dos caras de una misma moneda. El sujeto moderno se constituye como tal en la medida en que logra reprimir e instrumentalizar sus vínculos con el mundo natural. Así, para poder explotar la naturaleza hay que haberse desconectado primero de la propia animalidad y, a fin de cuentas, de la propia condición de ser vivo entre otros seres vivos.
Esta ruptura tiene una lógica de poder: quien se separa de la naturaleza puede dominarla y, por otro lado, quien se reconoce como parte de ella queda atrapado en la dependencia o en la pasividad que la modernidad asocia con lo femenino y lo primitivo. La razón instrumental no es, en este sentido, simplemente epistemología sino que se convierte en un dispositivo que produce sujetos capaces de gobernar y objetos disponibles para ser gobernados.
3. Feminizar para sublimar y sublimar para explotar
En el imaginario moderno occidental la naturaleza tiene género. Se dice “la” naturaleza con una familiaridad que rara vez se cuestiona. Se habla de la Madre Tierra, de la Madre Naturaleza, de fuerzas femeninas que dan vida y que nutren. Esta feminización lejos de ser inocente es una operación semiótica que reproduce, en el plano de la relación con el mundo natural, la misma lógica que ha regulado históricamente la relación con las mujeres.
Vandana Shiva (1988) documenta los modelos desarrollistas han construido tanto a las mujeres como a la naturaleza como proveedoras pasivas cuya productividad es apropiada sin ser reconocida. La naturaleza que el discurso del desarrollo coloniza no es una entidad abstracta: es el bosque que las comunidades rurales sostenían mediante saberes acumulados durante generaciones, saberes que eran mayoritariamente femeninos y que el paradigma científico-técnico moderno descartó por irracionales e improductivos. Explotar la naturaleza y marginar a las mujeres fueron, en la historia del colonialismo, operaciones sinérgicas y simultáneas.
La naturaleza es feminizada para ser sublimada. Es elevada al rango de “Madre” y esa sublimación es precisamente el mecanismo que permite seguir usándola con condescendencia. La Madre Naturaleza no es respetada como sujeto sino que es venerada como fuente y dadora. Su existencia no se entiende si no está en función de su capacidad de suministrar a otro.
La proposición es clara: quien venera una fuente no necesita escucharla, no necesita reconocerle voluntad propia, solo necesita asegurarse de que el flujo que de ella proviene no se detenga. La condescendencia que acompaña a esta veneración de la abnegación es la misma que ha rodeado históricamente la figura de la madre humana, quien es celebrada en abstracto e invisibilizada en concreto, siempre definida en su ser por su función reproductiva.
Esta lógica encuentra su expresión más acabada en la figura de la Virgen que encarna un cuerpo femenino cuya potencia generativa se ejerce sin deseo propio, sin historia personal necesaria, sin capacidad de resistencia o posibilidad alguna de agencia. La “madre naturaleza” que circula en el imaginario popular y en gran parte del discurso ecologista liberal reproduce exactamente la estructura de una matriz que produce sin reclamar y que perdona la devastación con la misma mansedumbre con que se supone que una madre perdona. Esta imagen no libera a la naturaleza sino que la encadena bajo una forma de servidumbre sentimental.
4. La fuerza que debe mantenerse bajo control
Sin embargo, la naturaleza feminizada no es solo pasiva sino que también constituye una fuerza que los discursos de dominación reconocen como potencialmente ingobernable. Los huracanes, las erupciones volcánicas, las inundaciones, las plagas, los incendios, todos estos fenómenos naturales son sistemáticamente descritos con un vocabulario que oscila entre el miedo y la fascinación ante una potencia que escapa al control humano. Y no es casual que ese mismo vocabulario aparezca en la descripción histórica de la sexualidad femenina, de los cuerpos racializados, de los pueblos colonizados: son fuerzas que hay que vigilar y domesticar.
La naturaleza, en este imaginario, es una virgen en potencia de desbordarse. Su fertilidad es deseada pero su desbordamiento es temido. Por eso la modernidad no se limita a tomar lo que quiere de la naturaleza sino que también debe vigilarla. La meteorología, la agricultura industrial, entre otras, son disciplinas que comparten la premisa de que la naturaleza es un caos que la razón técnica debe ordenar. Esta premisa no es solo práctica sino que es profundamente filosófica y política en tanto reconoce que la naturaleza tiene una agencia propia que debe ser neutralizada.
Donna Haraway (1988) señala que el punto de vista científico hegemónico se presenta a sí mismo como una visión desde ningún lugar o, lo que ella llama “el truco de dios”, noción que busca precisamente ocultar que es la mirada de alguien específico: un sujeto masculino, blanco, occidental, que ha construido su posición de conocimiento sobre la invisibilización de todos los demás puntos de vista, incluido el de la naturaleza misma.
La epistemología del dominio necesita que el objeto de conocimiento permanezca mudo, que no se mueva, que no exprese furia, que no tenga perspectiva propia. Cuando la naturaleza “habla” por ejemplo a través de un desastre climático, de la extinción de una especie o de cualquier otro fenómeno extremo, el discurso dominante no la escucha como un sujeto que responde, sino que la interpreta como un sistema que falla y que necesita ser controlado.
5. Colonialidad del saber y la naturaleza como construcción
Quijano (2000) proporciona las coordenadas para entender que la colonialidad del poder no es solo un fenómeno de dominación política y económica sino que es, ante todo, una estructura de clasificación del mundo que decide quién y qué puede ser sujeto y quién y qué debe permanecer como objeto. La idea de “raza” que organiza ese sistema de clasificación no opera únicamente sobre los cuerpos humanos sino también lo hace sobre los ecosistemas y sobre los saberes que las comunidades colonizadas tenían sobre estos.
Cuando los conquistadores europeos llegaron a América, no encontraron “naturaleza” en el sentido moderno del término (es decir, un espacio vaciado de historia y disponible para la apropiación) sino que se toparon con territorios densamente relacionados con comunidades humanas que los habitaban y cuidaban a través de relaciones que no separaban tajantemente lo humano de lo no-humano.
La imposición de la categoría colonial de “naturaleza” sobre los territorios colonizados fue, a la par, la negación de la humanidad de quienes los habitaban y la creación de un recurso disponible para la explotación. Como señala Escobar (1999), la naturaleza como categoría moderna no es un dato previo a la cultura; es una construcción que ciertos regímenes de conocimiento producen para legitimar su propia capacidad de apropiación.
Esta construcción tiene consecuencias directas sobre los pueblos cuyas formas de vida no reproducen la separación moderna entre naturaleza y cultura. Los sistemas de conocimiento indígenas y campesinos (que Shiva denomina saberes de la permanencia) son declarados irracionales no porque no funcionen, sino porque no producen la separación que el capitalismo extractivo necesita.
Un marco conceptual que trata al bosque como un sujeto con agencia propia, con quien se establece una relación de reciprocidad, no puede servir de fundamento a la industria maderera, por ejemplo. Un saber o disciplina que entiende la tierra como una entidad con derechos no puede articularse con el registro mercantil de propiedad. La colonialidad no es solo epistemológica sino también ecológica.
6. El conocimiento situado como respuesta
Si la dominación de la naturaleza requiere su construcción como objeto, la resistencia a esa dominación requiere su resubjetivación. Gudynas (2010) sustenta precisamente la importancia de reconocer que la naturaleza posee valores intrínsecos o valores que no dependen de su utilidad para los seres humanos. Esos valores deben ser el fundamento de una ética ambiental radicalmente distinta a la que ha producido la modernidad y deben posibilitar la revisión de los principios de justicia para ampliar la moralidad más allá de los límites de la especie humana.
Esto resuena con la crítica epistemológica de Haraway. Si el “truco de dios” del conocimiento científico moderno consiste en fingir que se mira desde ningún lugar para poder apropiarse de todo, el conocimiento situado propone asumir la parcialidad de toda perspectiva y, desde esa parcialidad, construir una relación con el mundo que reconozca la agencia de los demás actores, humanos y no humanos, visibles e invisibles. Además, conocer desde lo situado supone renunciar a la posición de dominio que el sujeto moderno ha impuesto a la naturaleza y a las mujeres.
Se hace referencia en el fondo a la superación del dualismo moderno que opone sujeto a objeto, cultura a naturaleza, razón a cuerpo, hombre a mujer. No se trata de disolver las diferencias, sino de dejar de convertirlas en jerarquías. El reto filosófico que plantea el ecofeminismo, por ejemplo, no es simplemente “respetar más la naturaleza” sino repensar radicalmente quién es sujeto, quién puede hablar, quién tiene interioridad y quién merece consideración moral.
7. Conclusiones: el sujeto que se cree exterior
No asumirnos como parte de la naturaleza es una posición política. Decir “yo no soy naturaleza” es, al mismo tiempo, decir “yo tengo derecho a gobernarla y servirme de ella”. Esta posición requiere, para sostenerse, una serie de operaciones filosóficas que este texto ha intentado rastrear: la separación que convierte el conocimiento en conquista; la razón instrumental que reduce el mundo a recursos calculables; la feminización de la naturaleza que reproduce, en el plano ecológico, la misma lógica de sublimación y explotación que ha operado sobre las mujeres; la colonialidad del saber que es sustrato epistémico del extractivismo; y los saberes situados o de la permanencia que Shiva documenta como alternativas vivas y practicadas.
La Madre Naturaleza no es una metáfora inocente; es el símbolo de un programa que busca feminizar para sublimar, sublimar para negar y negar para usar, quitando cualquier posibilidad de subjetividad que no sea la del sujeto explotador. La naturaleza, como las mujeres, solo puede ser celebrada en lo abstracto mientras es devastada en lo concreto. Su fuerza, la misma que genera los terremotos y las inundaciones, que produce la vida desde la muerte, es simultáneamente temida y negada. Reconocerla como fuerza y como sujeto es el primer gesto necesario para fundar una relación con el mundo que no sea la del dominio.
El pensamiento crítico tiene la tarea de desmantelar las categorías que hacen posible la separación. No para regresar a venerar una unidad mítica/mágica con la naturaleza, sino para construir, desde las herramientas del análisis filosófico, conceptos que permitan habitar el mundo de otra manera. Una manera en la que no sea necesario separarse para dominar ni feminizar para explotar.
Referencias
- Adorno, T. W. y Horkheimer, M. (1969). Dialéctica de la Ilustración. Taurus.
- Bacon, F. (2011). La gran restauración (Novum Organum). Tecnos. (Obra original publicada en 1620)
- Escobar, A. (1999). After Nature: Steps to an Antiessentialist Political Ecology. Current Anthropology, 40(1), 1–30.
- Gudynas, E. (2010). La senda biocéntrica: valores intrínsecos, derechos de la naturaleza y justicia ecológica. Tabula Rasa, 13, 45–71.
- Haraway, D. (1988). Situated Knowledges: The Science Question in Feminism and the Privilege of Partial Perspective. Feminist Studies, 14(3), 575–599.
- Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (comp.), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. CLACSO.
- Shiva, V. (1988). Staying Alive: Women, Ecology and Development. Zed Books.
Las imágenes para la ilustración de esta edición son una colaboración de la artista ecuatoriana Ana Fernández, a quien expresamos nuestro agradecimiento profundo por la generosidad de permitir su uso.


