En este desgarro civilizatorio, los seres más-que-humanos no son víctimas inertes. Las montañas andinas, los hongos que devoraron los árboles en Fordlandia, el páramo de Quimsacocha que enloquece a la transnacional minera y los olivos centenarios destrozados bajo las orugas de los tanques en Gaza, son combatientes activos. Resisten, sienten, desbordan la miopía legal e interrumpen la gramática del Estado-nación.

El mundo contemporáneo se encuentra atrapado en una fase de desmantelamiento planetario, un desgarramiento ontológico y material donde las bases mismas de la vida están siendo obliteradas por la maquinaria insaciable del capital. En este contexto de crisis sistémica y conflicto internacional a gran escala, la conceptualización moderna de la «Naturaleza», entendida como un mero telón de fondo inerte o un repositorio de recursos explotables para el beneficio humano, se revela no solo como una insuficiencia epistémica, sino como una herramienta activa de exterminio (De la Cadena, 2019). El pensamiento antropocéntrico ha construido y naturalizado una narrativa de dominación donde el ser humano, erigido como soberano absoluto y separado de su entorno, ejerce una violencia unidireccional sobre un mundo natural al que se le ha extirpado la voz y la agencia. Sin embargo, las devastaciones ecosociales actuales, el avance brutal del extractivismo y la militarización de los ecosistemas nos obligan a mirar más allá de las ficciones esterilizadas del humanismo liberal (Price y Chao, 2023).
Este ensayo penetra en las heridas abiertas por el imperialismo ecológico contemporáneo, arañando la superficie de los consensos tecnocráticos para exponer la sangre, el despojo y la asimetría que sostienen el llamado «progreso» y la «transición verde». Se sostiene aquí que la defensa de la naturaleza no es un mero asunto de conservación de recursos, gestión ambiental o cálculo de huellas de carbono, sino una arena de cosmopolítica donde entidades más-que-humanas (ríos, montañas, patógenos, animales, bosques y espíritus) participan activamente, resisten y alteran los proyectos de dominación (De la Cadena, 2010).
Al trazar paralelismos ineludibles entre la codicia imperial de la Belle Époque y la actual era de policrisis, y al analizar el ecocidio como táctica de guerra de terraformación en geografías del sacrificio como Gaza y Ucrania (Ghosh, 2021), se hace evidente que la lucha actual trasciende la política institucional. Es una confrontación a muerte entre el «mundo de un solo mundo» que busca devorarlo todo para sostener su modo de vida, y el pluriverso arraigado que se niega a desaparecer (De la Cadena y Escobar, 2023).
Los Espejismos de la Belle Époque y la Necropolítica de la Transición Verde
Para comprender la violencia estructural que subyace al orden global contemporáneo, es imperativo establecer un paralelismo analítico profundo con la Belle Époque (1871-1914). Aquel periodo, habitualmente romantizado y recordado por la historiografía eurocéntrica como una era de paz intraeuropea, prosperidad económica inusitada y florecimiento cultural, fue en realidad un constructo frágil sostenido por una brutal expansión colonial. La invención de nuevas tecnologías de transporte, la electrificación y la industrialización corrieron en paralelo con el «Reparto de África» y la consolidación del imperialismo de libre comercio. Fue una rapiña imperialista que transformó continentes enteros en zonas de sacrificio para alimentar la maquinaria de las metrópolis (Marx, en Delgado, 2012). La paz y la civilidad en los centros del imperio fueron compradas con la amputación ecológica y la subyugación absoluta de las periferias.
Hoy nos encontramos ante una nueva era de extractivismo que guarda inquietantes similitudes, un periodo marcado por el triunfalismo de la globalización neoliberal que, tras bambalinas, ha acelerado la dislocación de personas, empresas y ecosistemas (Transnational Institute, 2024). Al igual que a finales del siglo XIX, la aparente estabilidad del Norte depende de un neocolonialismo feroz, esta vez manifestado en la financiarización de la tierra, el patentamiento de la vida y un acaparamiento global de recursos sin precedentes (Rulli et al., 2013).
El modo de vida imperial y el «colonialismo verde»
Para desenmascarar las estructuras de este nuevo imperialismo ecológico, es fundamental recurrir a la teoría del «modo de vida imperial» desarrollada por Ulrich Brand y Markus Wissen (2021). Este concepto expone cómo la cotidianidad, las pautas de consumo, la movilidad y las estructuras de deseo en los centros capitalistas del Norte Global se basan estructuralmente en la destrucción de la naturaleza y la explotación de la fuerza de trabajo en el Sur Global. El modo de vida imperial normaliza el orden asimétrico haciendo invisibles las condiciones concretas de producción, dolor y degradación biológica en los lugares de extracción (Brand y Wissen, 2021). El Norte Global externaliza la muerte y la toxicidad hacia el Sur, creando la siniestra ilusión de que el capitalismo puede ser verde y sostenible. Las potencias industriales, ante el pánico del colapso climático, han iniciado una carrera frenética por minerales críticos (litio, cobalto, cobre) necesarios para paneles solares y vehículos eléctricos (Case, 2022). Este fenómeno, conocido como «colonialismo verde», perpetúa los vínculos coloniales, transfiriendo los costos socioecológicos bajo una cínica pátina de responsabilidad corporativa (Hamouchene, 2023).
El Plantacionoceno: la máquina de erradicación ontológica
La expresión espacial y material más agresiva del modo de vida imperial es lo que las humanidades ambientales han conceptualizado como el Plantationocene (Plantacionoceno). Este término captura la devastadora transformación de diversas ecologías de cuidado, granjas, bosques y ecosistemas relacionales en plantaciones extractivas cercadas, profundamente dependientes de lógicas de esclavitud histórica, trabajo alienado y despojo (Haraway, 2015; Tsing, 2015).
Su lógica subyacente y mortífera es la simplificación extrema: despojar a los paisajes de su enredo relacional, eliminar la fricción de la biodiversidad, para convertirlos en maquinarias de replicación biológica orientadas exclusivamente a la escalabilidad y la producción de capital (Tsing, 2015). En la plantación, el ser vivo pierde su mundo. Las plantas y los animales son despojados de sus ontologías múltiples para ser reducidos a la categoría unidimensional de activos futuros o máquinas biológicas.
Sin embargo, frente a este control totalitario, surge la «resistencia más-que-humana». Las entidades no humanas tienen la capacidad activa de alterar los proyectos de dominación, formando alianzas biológicas o «negativas maleza» (weedy refusals) que quiebran la disciplina higiénica impuesta por el planificador capitalista (Kuřík, 2022).
Un claro ejemplo histórico es el fracaso de «Fordlandia» en la Amazonía, donde los hongos endémicos y las dinámicas del bosque actuaron como agentes históricos que destruyeron el megaproyecto de monocultivo de caucho de Henry Ford (Kuřík, 2022).
La Guerra como Terraformación: El Ecocidio en Gaza y Ucrania
Si el Plantacionoceno es la violencia lenta y sostenida del capital, el conflicto internacional a gran escala en el siglo XXI nos demuestra que la maquinaria imperialista acelera los tiempos de la destrucción. El ecocidio se ha convertido en una estrategia fundamental de dominación, una forma de «guerra de terraformación» (terraforming warfare) diseñada para alterar de manera permanente la habitabilidad de un territorio y forzar el desplazamiento y la limpieza étnica (Ghosh, 2021).
En el contexto del asedio en Gaza, la aniquilación abarca la erradicación calculada del soporte vital más-que-humano. La destrucción de tierras agrícolas, la contaminación profunda de los acuíferos subterráneos con aguas residuales sin tratar y el aire saturado de toxinas provenientes de más de 39 millones de toneladas de escombros constituyen un acto irrefutable de ecocidio deliberado (Forensic Architecture, 2024; Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente [PNUMA], 2024). Como señala Forensic Architecture (2024), «la destrucción de tierras e infraestructuras agrícolas en Gaza es un acto deliberado» diseñado para hacer el territorio inhabitable, lo que se vincula directamente con el colonialismo de colonos (Shqair, 2023). A esto se suma la política sistemática de arrancar olivos centenarios, lo que representa un intento de asesinar el paisaje para extirpar la memoria y el sumud (resiliencia) palestino (Asmar, citado en Çam, 2024). De manera análoga, en la guerra en Ucrania, el asalto militar ha provocado una devastación ambiental incalculable que fractura el tejido interespecie. La destrucción de la represa de Kakhovka liberó un torrente de agua que ahogó ecosistemas enteros, constituyendo un crimen de guerra y un claro ecocidio, según el Consejo de Europa (2023, en Çam, 2024).
En ambos casos, la guerra de terraformación es un esfuerzo violento por rehacer y destruir la tierra para cumplir objetivos bélicos y coloniales, confirmando que la ecología política de la guerra debe analizar cómo se distribuye desigualmente la devastación ambiental en cuerpos y territorios (Gorostiza, 2025).
El «Antropo-no-visto» y el Conflicto Ontológico en los Sures
Para comprender la raíz ontológica de las luchas en el Sur Global, es indispensable acudir a la antropóloga Marisol de la Cadena y su concepto del «antropo-no-visto» (anthropo-not-seen). Mientras el discurso hegemónico del Antropoceno refiere a una humanidad abstracta convertida en fuerza destructiva, el anthropo-not-seen nombra el proceso histórico de destrucción de mundos heterogéneos (que no separan ontológicamente la Naturaleza de la Cultura), así como la existencia terca de esos mismos mundos que se niegan a ser borrados (De la Cadena, 2019). Cuando las comunidades locales se oponen a la transformación de la naturaleza en simples recursos, el Estado lo percibe como una amenaza a su soberanía y a su monopolio sobre la realidad, desatando una guerra abierta.
El Baguazo: desacuerdo y equivocación
El conflicto desatado en 2009 en la Amazonía peruana, conocido como el «Baguazo», ejemplifica esta violencia ontológica. Los Awajún y Wampis bloquearon carreteras protestando contra decretos que concesionaban su territorio para exploración petrolera sin consulta previa, lo que derivó en una masacre (De la Cadena, 2019). Para el Estado, el conflicto giraba en torno a la propiedad de la tierra; para los indígenas, el territorio es el pueblo Awajún-Wampis. El líder indígena Leni lo expresó afirmando que el río no es un recurso, es un hermano (De la Cadena, 2019). Esta incomprensión estructural es lo que Eduardo Viveiros de Castro llama «equivocación» ontológica, y lo que Jacques Rancière define como un «desacuerdo» político radical que expone la violencia del Estado moderno al ser incapaz de reconocer a los seres más-que-humanos como sujetos de relación política (De la Cadena, 2019).
Defensa del Páramo en Azuay: El Agua como Vida
Las etnografías del sur nos brindan ejemplos viscerales en los Andes ecuatorianos, en la provincia de Azuay y la ciudad de Cuenca. Aquí, comunidades campesinas e indígenas han librado una resistencia tenaz contra la megaminería metálica en los ecosistemas de páramo (proyectos como Loma Larga/Quimsacocha y Río Blanco). La lógica estatal y corporativa fragmenta el páramo, viéndolo exclusivamente como un yacimiento de oro y cobre, ignorando que la actividad minera dejaría millones de toneladas de relaves cargados de arsénico, destruyendo de forma permanente los sistemas de recarga hídrica (Carpio Benalcázar, s.f.).14 Frente a esto, surge el «ecologismo popular», liderado a menudo por mujeres, que defiende una identidad indisolublemente tejida al metabolismo del territorio: el agua no es H2O, sino la sangre de la Pachamama y la base del Buen Vivir . La resistencia en Azuay logró victorias institucionales clave, como la consulta popular del cantón Cuenca en 2021, que prohibió la minería metálica a gran escala en las zonas de recarga hídrica de sus cinco ríos principales y el denominado Quinto Río, movilización masiva de más de cien mil personas en 2025, la movilización más multitudinaria de la historia de Ecuador en su tipo. Esta victoria visibiliza que el páramo actúa, se defiende y es un ser político que, junto con sus defensores, se niega a ser devorado por la vorágine extractivista.
Zonas de Contacto Pluriversal y la Ruptura de la Relación Sujeto-Objeto
Para escapar del solipsismo de especie, debemos repensar el «exceso», entendido como aquello que rebasa el límite de lo que puede ser pensado bajo las coordenadas onto-epistémicas de la modernidad (De la Cadena y Escobar, 2023). En el pensamiento popular latinoamericano, esto se materializa en la matriz del estar-siendo, que privilegia la existencia enraizada y comunitaria frente a la abstracción del individuo aislado que domina la naturaleza como objeto inerte.
Frente al avance mortífero del neo-extractivismo y las guerras de terraformación, emergen «zonas de contacto pluriversales». Estas son trincheras de encuentro entre mundos divergentes (activistas urbanos, feministas, campesinos, pueblos indígenas y las propias entidades de la tierra). Es en estos espacios de fricción, como se vio en el estallido del Paro Nacional de 2021 en Colombia, desde Puerto Resistencia en Cali, o en las movilizaciones por el agua en el Azuay, donde se resquebraja la separación moderna (De la Cadena y Escobar, 2023). La criminalización y el asesinato sistemático de defensores ambientales en el Sur Global ocurren precisamente porque sus existencias representan una insurrección insoportable para el Estado corporativo moderno: encarnan empíricamente la imposibilidad de la mercantilización absoluta de la vida (De la Cadena y Escobar, 2023). Aceptar la agencia política y la sintiencia de lo más-que-humano implica necesariamente rehacer nuestras propias epistemologías a través de una «justicia multiespecies» que sea inherentemente decolonial y antirracista (Price y Chao, 2023).
Conclusión
El paradigma antropocéntrico y capitalista ha demostrado ser una tumba epistemológica, material y espiritual. Lo que los discursos oficiales llaman «desarrollo» no es más que la financiarización, el vaciamiento y la contaminación violenta de los fundamentos vitales de la Tierra. La cosmopolítica de la defensa de la naturaleza lastima profundamente las certidumbres intelectuales porque revela que las fronteras entre cultura y naturaleza no son realidades dadas, sino cicatrices trazadas por la violencia imperial.
En este desgarro civilizatorio, los seres más-que-humanos no son víctimas inertes. Las montañas andinas, los hongos que devoraron los árboles en Fordlandia, el páramo de Quimsacocha que enloquece a la transnacional minera y los olivos centenarios destrozados bajo las orugas de los tanques en Gaza, son combatientes activos. Resisten, sienten, desbordan la miopía legal e interrumpen la gramática del Estado-nación. La guerra de exterminio emprendida por el capital contra el planeta está siendo correspondida desde abajo y desde la tierra misma. Solo al final de esa alianza áspera y asimétrica podremos diseñar, desde las ruinas humeantes de este sistema, un mundo vivo donde verdaderamente quepan muchos mundos.
Referencias
- Brand, U., & Wissen, M. (2021). The Imperial Mode of Living: Everyday Life and the Ecological Crisis of Capitalism. Verso Books.
- Çam, Y. (2024). The Geopolitics of Global Warming: Ecocide in Gaza and Ukraine. DergiPark.
- Case, S. (2022). Green Imperialism: The Latest Stage of Capitalism. Reform and Revolution.
- De la Cadena, M. (2010). Indigenous Cosmopolitics in the Andes: Conceptual Reflections beyond «Politics». Cultural Anthropology, 25(2), 334-370.
- De la Cadena, M. (2019). Uncommoning Nature: Stories from the Anthropo-Not-Seen. En P. Harvey, C. Krohn-Hansen, & K. G. Nustad (Eds.), Anthropos and the Material (pp. 35-58). Duke University Press.
- De la Cadena, M., & Escobar, A. (2023). Notes on excess: Towards pluriversal design. En Design for the Pluriverse (pp. 29-43). Routledge.
- Delgado, G. (2012). Theomai 26: Imperialismo ecológico y guerras de recursos. Redalyc. Forensic Architecture. (2024). Ecocide in Gaza. Goldsmiths, University of London.
- Ghosh, A. (2021). The Nutmeg’s Curse: Parables for a Planet in Crisis. University of Chicago Press.
- Gorostiza, S. (2025). Ecología Política: Militarización y devastación ambiental. Ecología Política.
- Hamouchene, H. (2023). The Energy Transition in North Africa: Neocolonialism Again! En Dismantling Green Colonialism (pp. 29-48). Pluto Press.
- Haraway, D. J. (2015). Anthropocene, Capitalocene, Plantationocene, Chthulucene: Making Kin. Environmental Humanities, 6(1), 159-165.
- Kuřík, B. (2022). Towards an Anthropology of More-Than-Human Resistance: New Challenges for Noticing Conflicts in the Plantationocene. Sociální studia / Social Studies, 1/2022, 55-72.
- Price, C., & Chao, S. (2023). Multispecies, More-Than-Human, Non-Human, Other-Than-Human: Reimagining idioms of animacy in an age of planetary unmaking. Exchanges, The Interdisciplinary Research Journal, 10(2), 177-193.
- Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente [PNUMA]. (2024). Environmental Impact of the Conflict in Gaza. UN.
- Rulli, M. C., Saviori, A., & D’Odorico, P. (2013). Global land and water grabbing. Proceedings of the National Academy of Sciences, 110(3), 892-897.
- Shqair, M. (2023). Arab–Israeli Eco-Normalization: Greenwashing Settler Colonialism in Palestine. En Dismantling Green Colonialism (pp. 67-82). Pluto Press.
- Transnational Institute. (2024). State of Power 2024: Crisis Imperialism. TNI.
- Tsing, A. L. (2015). The Mushroom at the End of the World: On the Possibility of Life in Capitalist Ruins. Princeton University Press.
Las imágenes para la ilustración de esta edición son una colaboración de la artista ecuatoriana Ana Fernández, a quien expresamos nuestro agradecimiento profundo por la generosidad de permitir su uso.


