El jabalí de Kant. – Leopoldo Tillería

En todo caso, nuestro juicio reflexionante nos puede perfectamente llevar a la idea de belleza, pues el colmillo del animal destaca en él por su forma y color (completamente distintos al resto de su organismo), liberando de esa forma a nuestra imaginación para buscar, aunque sin lograrlo, un concepto definitivo o constitutivo para el ahora bello colmillo.

 

Introducción

Lejos estamos aún del momento en que lo que se ha denominado teleología de la biología llegue a una conclusión definitiva sobre ciertos procesos particulares de los organismos vivos (Labrador, 2019; Jáuregui, 2025). Así entonces, para poner enseguida en tabla un problema que la biología no ha logrado satisfacer con sus modelos de experimentación o con la tecnología de la propia biología sintética o SynBio (Muñoz et al., 2019), digamos que la relación entre el todo y sus partes, y entre las partes y el todo, pero además la organización del mundo orgánico en general, no tiene hoy por hoy un correlato satisfactorio (o al menos aceptado provisoriamente por la comunidad científica) entre aquello que pudiésemos llamar verdades definitivas de la biología.

Dicho sumariamente, la naturaleza viva u orgánica, de la cual, como personas, o seres humanos o humanidad formamos parte (aunque no necesariamente principal), presenta todavía varias interrogantes respecto de su organización y sistematicidad que –y este es el asunto de este artículo- la biología, la filosofía de la naturaleza o la misma filosofía de la biología no han podido contestar, por de pronto, categóricamente (Suárez-Ruíz, 2019). Ahora bien, lo que queremos sugerir es la vigencia, en plena post-posmodernidad, del planteamiento que a fines del siglo XVIII hiciera el filósofo prusiano Immanuel Kant, quien, en su tercera Crítica, específicamente en la segunda parte, la Crítica de la facultad de juzgar teleológica o simplemente crítica teleológica, declara que para comprender subjetivamente el mundo, es decir, a partir de los fundamentos de nuestra facultad de juzgar reflexionante, debemos suponer que la naturaleza organizada (vale decir, los seres o fines naturales, incluido el ser humano, pero también la naturaleza orgánica entendida como un todo) proviene de una causalidad “intencional”. Esto es, “que la técnica de la naturaleza es también intencional, o sea, fin, en lo que atañe a todos sus otros productos en relación con el todo de la naturaleza” (Kant, 1992, pp. 321-322).

Para justificar precisamente la vigencia del “viejo” Kant y su crítica teleológica en los avatares de la actual filosofía de la biología, se recurrió metodológicamente a una revisión bibliográfica de fuentes de primera y de segunda línea (Valles, 2003; Pardal-Refoyo, 2023; Manterola et al., 2023).

 

Antinomia, teleología, teología

El problema mencionado más arriba es traducido por el alemán (de manera solo propedéutica) en la figura de una antinomia respecto exclusivamente de nuestro juicio para resolver el enigma del funcionamiento, generación y existencia de los seres naturales. Como toda antinomia, este problema lógico consta de dos proposiciones antagónicas entre sí, que Kant resolverá en una segunda formulación por la vía de la adecuación terminológica y de la inclusión del concepto de “posibilidad” [Wahrscheinlichkeit]. Revisemos la primera antinomia en términos de sus máximas provenientes de una dialéctica “provisoria” de la crítica teleológica:

La primera máxima, traducida en la tesis de la antinomia, dice: “Toda generación de cosas materiales y de sus formas tiene que ser juzgada como posible según leyes meramente mecánicas” (Kant, 1992, p. 316 A 314). Mientras que la segunda máxima o antítesis, reza así: “algunos productos de la naturaleza material no pueden ser juzgados como posibles según leyes meramente mecánicas (su enjuiciamiento requiere una ley de causalidad enteramente distinta, a saber, la de las causas finales)” (Kant, 1992, pp. 316-317 A 314).

Es decir, hallamos en esta encrucijada teórica sugerida por el filósofo una contradicción más profunda aún, referida a la confrontación epistemológica (Oyarzún, 2017) entre una versión mecanicista de la pregunta por la causalidad de los organismos y una versión propiamente teleológica frente al mismo problema.

En el fondo, ¿es la teleología de Kant, en la actualidad, un recurso teórico suficiente para explicar (de una cierta manera) la causalidad ascendente y descendente de los organismos vivos, es decir, su organización como seres naturales, en su dimensión individual y en la dimensión de una totalidad orgánica o natural?

Desmenuzado el problema a través de un caso concreto, en términos, v.g., de la relación causa-efecto en el organismo de un jabalí, es evidente que la conformación de las partes del todo (el jabalí como individuo de su especie) se verifica mediante una determinada especificación de su código genético. Así, sus ojos, su pelaje, su estómago, cada una de sus patas y sus colmillos, por nombrar algunas de sus partes, derivan de una causalidad genéticamente “dada”. Sin embargo, ninguna de las ciencias actuales ha podido contestar a la pregunta por la incidencia de estas partes en la conformación del “todo” del animal, ni siquiera desde la perspectiva mecánica, porque, ¿de qué manera el colmillo del jabalí “causa” o afecta “mecánicamente” (mediante una ley particular) la configuración del “todo” del individuo? No digamos ya su sistema respiratorio o su sistema digestivo, que –es obvio- le permiten alimentarse y respirar; pero, ¿y el colmillo?

Se dirá que los colmillos le sirven al jabalí para defenderse y cazar algunas de sus presas; sin embargo, esta es una respuesta, por así decir, puramente ecológica sobre la utilidad de los colmillos y, como es fácil de notar, no satisface las condiciones de la pregunta original. En otras palabras, la vieja antinomia de Kant no ha sido resuelta (ni por la biología ni por la filosofía de la biología) si no es con apego a la propia fórmula del de Königsberg, quien en el §75 establece una no siempre tenida en cuenta relación entre teleología y teología:

 

[…] el concepto de una cosa, cuya existencia o forma nos representamos como posible bajo la condición de un fin, está ligado indisociablemente con el concepto de su contingencia […]. De ahí que también las cosas naturales que solo hallamos posibles como fines, constituyen la prueba más eminente de la contingencia del universo y son el único argumento válido, tanto para el entendimiento común como para el filósofo, de su dependencia y su origen en un ser que existe fuera del mundo y es, más aún (en virtud de aquella forma conforme a fin), inteligente; así, pues, la teleología no halla consumación aclaratoria para sus indagaciones más que en una teología (Kant, 1992, p. 328 A 331).

 

De modo que únicamente suponiendo la inteligencia (y actuación) de un ser sobrenatural, podemos, en la médula de nuestra subjetividad, satisfacer los criterios de funcionamiento y organización de la naturaleza orgánica tanto en su especificidad como en su totalidad. Kant (1992) es majadero en señalar que este principio de nuestra subjetividad es solo un hilo conductor que, lejos del criterio de intencionalidad, permite que nos representemos los fines en la naturaleza como causalmente diseñados y a sus productos como perfectamente organizados. El fundamento de estos fines naturales, entonces, no está en la naturaleza misma (ni en la estructura de sus productos) sino en un principio (que a falta de una denominación mejor llamaremos principio teológico) de nuestra propia facultad de juzgar reflexionante, que supone la existencia de un ser con un intelecto superior capaz de causar el mundo.

 

Dicho de otra forma, lo que está afirmando Kant (1992) es que la concordancia en nuestro planeta de tantas especies animales de índoles tan distintas en un cierto esquema común, no puede sino hacer suponer la existencia (aunque solo sea en nuestro razonamiento subjetivo para la intelección del universo) de un arquetipo común o, como se ha dicho, de un intelecto superior que haya dispuesto precisamente este tipo de organización y auto-organización de los fines naturales y no otro. Subraya Kant (1992):

 

Esta analogía de las formas, en la medida en que [éstas], a despecho de toda diferencia, parecen ser generadas conforme a un arquetipo común, refuerza la conjetura de un efectivo parentesco de ellas en la generación a partir de una madre originaria común, por la gradual aproximación de una especie animal a la otra, desde aquella en que el principio de los fines parece estar más acreditado, o sea, el hombre, hasta el pólipo, y de éste, incluso, a los musgos y líquenes y, por fin, a los grados más bajos de la naturaleza que podemos advertir […]. (p. 346)

 

El colmillo del jabalí

Como la filosofía de Kant es virtualmente un tratado de máximas, deducciones, antinomias y principios, hay todavía otro principio, cardinal al enjuiciamiento teleológico (de hecho, el fundamental de la tercera Crítica), que resulta clave no solo para resolver la cuestión del colmillo del jabalí sino también la del problema superior de la organización de todo lo vivo. Tal principio, que es el de finalidad o conformidad a fin o propositividad (Körner, 1987), como principio de nuestra subjetividad, es por tanto a priori y satisface las condiciones de las proposiciones sintéticas de la propia teleología. La trascendencia de este principio es tal que se le considera, además, el fundamento precisamente de la crítica estética, de donde, si esto es así, la crítica teleológica debió ser la primera parte de la Crítica de la facultad de juzgar y no la segunda (Dickie, 2003). Es el mismo argumento que observa Caballero (2024):

La relación descubierta entre el juicio sobre la técnica, el Juicio y su principio desemboca en la hipótesis sobre un vínculo entre ella y las facultades del ánimo, pues si el Juicio posee un principio a priori, éste podría determinar al sentimiento [Gefühl], facultad intermedia entre la del conocer y la de desear, respectivamente determinadas por el entendimiento y la razón (p. 88).

Aparece aquí la técnica (nombrada como mecanismo subjetivo de descripción de ciertos fines naturales) en su dimensión puramente estético-gnoseológica. O sea, como un pseudo-mecanismo que sirve solo para completar el argumento de nuestra facultad de juzgar reflexionante en cuanto a que el mecanismo de la naturaleza es exactamente igual a la técnica de la naturaleza (como enlace de fines en ella); vale decir, una solución subjetivo-epistemológica a la antinomia del §70 (Rosas, 2008; Álvarez, 2016).

En efecto, Kant (1992) dirá aparejado a este razonamiento que, como se trata de proveer para la totalidad de la naturaleza un principio regulatorio que explique esta orientación a la organización y a la relación de sus especímenes en base a una cierta legalidad, y como tal legalidad o principio a priori no puede hallarse en la mera contingencia, nuestra razón, alejada de la tarea de determinación de los objetos propiamente tales, debe darse a sí misma un principio subjetivo solo para la función reflexionante y, por tanto, para el enlace de las leyes particulares de la naturaleza y para la consideración de la naturaleza como un todo organizado como si en realidad fuera un principio regulatorio objetivo y constitutivo de sus productos; en definitiva, del mundo. Este principio –el de finalidad- es un principio trascendental y no metafísico, puesto que se traduce en una condición crucial y subjetiva para que los objetos o productos de la naturaleza puedan llegar a ser parte de nuestro conocimiento sobre la base de un concepto empírico ya dado (v.g., el colmillo del jabalí), pero sin poder trasponer a estos productos o fines naturales la regla correspondiente a dicho principio (Vigo, 2017).

¿Queda la relación causa-efecto ascendente entre el espécimen jabalí y su colmillo, y viceversa, explicada (con un grado mínimo de aceptabilidad científica o epistémica) por medio de la antinomia que describimos más arriba? O, lo que es lo mismo, ¿permite la presentación de esta antinomia, sin caer en una contradicción flagrante, una explicación sostenible de la posibilidad de organización de cada individuo de cada especie y de toda la naturaleza como un conglomerado sistemático de fines naturales? Desde este punto de vista, y como bien dice Jáuregui (2025): “resulta correcto el principio para la facultad de juzgar reflexionante de acuerdo con el cual hemos de concebir una causalidad diferente de la mecánica, […] una conexión de las cosas según fines, la cual supone una causa inteligente del mundo” (p. 12).

 

Conclusión

Dadas estas consideraciones, y volviendo a nuestro ejemplo prototípico, el colmillo del jabalí tiene una función en la organización o constitución del espécimen que, más allá de mostrarse como un atributo de defensa o, incluso, de caza, nuestra razón (vía juicio determinante) es incapaz de elucidar (de ahí que la resolución de la antinomia expuesta más arriba sea en rigor una falacia, pues ambas máximas son aceptables desde la óptica de los principios de una crítica de la facultad de juzgar teleológica). En todo caso, nuestro juicio reflexionante nos puede perfectamente llevar a la idea de belleza, pues el colmillo del animal destaca en él por su forma y color (completamente distintos al resto de su organismo), liberando de esa forma a nuestra imaginación para buscar, aunque sin lograrlo, un concepto definitivo o constitutivo para el ahora bello colmillo.

Lo mismo vale para la naturaleza orgánica en su totalidad. Esto es, pensarla reflexivamente como un todo concordante o, si se prefiere, como una unidad intencional de fines, solo posible de ser juzgada si se la funda, tal como Kant (2013) ya lo hizo mediante la elucidación de Dios como uno de los postulados de la razón práctica, en un entendimiento supremo.

 

Referencias

 

Las imágenes para la ilustración de esta edición son una colaboración de la artista ecuatoriana Ana Fernández, a quien expresamos nuestro agradecimiento profundo por la generosidad de permitir su uso.

 

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