Los chismes de oficina, las cirugías cosméticas y la mojigatería no tienen lugar en el mundo salvaje. Caminar por la naturaleza es, esencialmente, alejarse de uno mismo y de su propia tontería

Si Narciso viviera en el siglo XXI, disfrutaría tremendamente los accesorios tecnológicos. Cuidaría su cara con 17 productos de belleza coreanos y guardaría para la ciencia moderna sus signos vitales con productos de Garmin. Amaría Instagram y tendría muchos seguidores en redes sociales, la única señal de éxito en el mundo moderno. Sería de esos tipos que uno ve en la calle corriendo 20 metros con ropa de Under Armour de pies a cabeza y lentes de sol Oakley tomándose fotos para poner como historia en redes sociales, en total contraste con el querido y humilde lector que no hace esas cosas. Narciso tendría un perfil en Strava que registre sus gloriosas hazañas deportivas, como cuando puso el récord mundial en ese importante tramo del cuchitril de su casa al tugurio de su trabajo, a diferencia del modesto autor que tampoco hace esas cosas. Narciso iría a trotar a la laguna, pero ya no iría solo a verse la cara reflejada en el agua porque eso es de pobres. Narciso vería con orgullo que su corazón late a tal frecuencia, que su respiración se da en tal porcentaje y que su sueño es muy reparador porque el aparato que compró con 3 o 4 salarios mínimos se lo dice.
¿Qué tipo de vulnerabilidad personal o social es capaz de producir este fetichismo por la tecnología? El afán por la valoración social, para empezar. Nunca ha sido más vigente la preocupación de Debord por el espectáculo que ahora. No parece ser suficiente entenderlo así, pero no podemos negar que la gente que desfila sus ropa Under Armour y sus accesorios Garmin se asemeja a un pavo real torpe bailando para tratar de reproducirse. La autoexplotación que representa perseguir interminablemente una serie de números ascendentes o descendentes en medio de actividades deportivas es francamente ridícula. No hay prácticamente nada que ganar. A nadie le importa que hagamos una u otra cantidad de números en una distancia arbitraria y es una exigencia que solo nosotros nos hacemos. Trabajamos largas horas en asuntos tediosos para reunir capital suficiente para luego botar a la basura que implica la acumulación de cifras aleatorias sobre nosotros mismos. Una escultura a nuestro ego, desprovista de arte.
Detrás de esto, sospecho, se encuentra la profana trinidad que es responsable de la maldad del siglo XXI: narcisismo, capitalismo y control. Sin embargo, trataré de morderme la lengua y no hacer de esto una plétora de críticas envidiosas a la gente adinerada. Sinceramente creo que reducir este tema a una lucha de clases es insuficiente para darle el amplio panorama que amerita. En su lugar, hablaré de la manera en que Thoreau y Emerson conciben la naturaleza y de la manera en que Heidegger concibe la esencia de la técnica para poner en evidencia uno de los muchos problemas que tenemos como sociedad en relación con nosotros mismos y con la naturaleza.
Thoreau y el salvajismo
Thoreau se interesa por “la naturaleza, de la libertad absoluta y las maneras salvajes, en contraposición a una libertad y una cultura meramente civiles” y habla largo y tendido sobre su amor por caminar. No cualquier caminata, eso sí, sino por “una caminata que no conduzca de vuelta a casa”. Claro, uno tiene que dormir en alguna parte, por lo que este viaje se vuelve tanto un asunto práctico como una metáfora sobre el tipo de caminata que lo deja a uno siendo exactamente la misma persona que salió de casa. Thoreau observa que “la mitad de la jornada consiste en desandar nuestros pasos”, como una forma de olvidar el sublime espectáculo de la contemplación de la naturaleza como única demostración que nos queda de lo sagrado. En el diálogo que existe entre el ser y la naturaleza no hay espacio para terceros. Incluso en el monólogo existencial que implica la reflexión honesta en medio de un paseo por el bosque del caminante consigo mismo, no debe existir el ruido que produce la tecnología. O en la humilde escucha de la sagrada naturaleza y de sus hijos, no debe haber espacio para notificaciones de redes sociales. En pocas palabras, en la vida del caminante libre no hay espacio para la civilización.
Esta manera de contemplar la naturaleza pone al caminante, de forma inevitable, en contra de las dinámicas del capitalismo. Explícitamente Thoreau afirma que “ninguna riqueza puede comprar el indispensable tiempo libre, la libertad y la independencia que constituyen el capital de esta profesión”. La alienación que propone Thoreau no es la típica acusación marxista sobre la separación entre el trabajador y el producto de su trabajo, sino del ser humano con su propio cuerpo a causa del trabajo. La malversación de la corporalidad es una aberración en contra de la naturaleza, de modo que el mero acto de sentarse mucho tiempo es una perversión “como si las piernas estuvieran hechas para sentarse y no para estar de pie o caminar”. La información que aporta Garmin sobre nosotros es mera basura, pero esto sería inofensivo si no se disfrazara de conocimiento y de introspección. Siguiendo una interpretación generosa, podríamos decir que ver obsesivamente los propios signos vitales es una manera de conocerse. Pero ¿qué forma de fenomenología tan burda es esta? La experiencia corporal no se presenta como cifras en un aparato electrónico. El sudor en la frente, el dolor en los músculos y la calidez de la rutina de ejercicio son expresiones de un ser con cuerpo. Los números en una pantalla no son corporalidad.
Con respecto a la vulnerabilidad mencionada al principio, tenemos una posible respuesta. Para Thoreau “vivir mucho al aire libre, al sol y al viento, sin duda produce cierta aspereza en el carácter; desarrolla una gruesa callosidad sobre las cualidades más sutiles de nuestra naturaleza”. Esta callosidad nos protege de la sensibilidad hacia lo trivial, dentro de lo cual se debe incluir el innecesario drama que implica vivir en sociedad. Los chismes de oficina, las cirugías cosméticas y la mojigatería no tienen lugar en el mundo salvaje. Caminar por la naturaleza es, esencialmente, alejarse de uno mismo y de su propia tontería. Registrar los signos corporales con Garmin es justo lo opuesto, viéndolo de esta manera. Es decirle al bosque “tu majestuosidad no se compara con la de mis 190 latidos por minutos al correr por ti”. La sensibilidad del humano se convierte así en una ansiedad por tener los mejores accesorios para retratarse eficazmente de mil maneras diferentes. Incluso la sensibilidad a la naturaleza se vuelve en plástica, en tanto que se expresa como una especie de carrera armamentística de fotografías, que usa las cámaras como instrumentos de dominación y de seducción de masas. A modo de conclusión, cuando estemos en la naturaleza y pensemos en nuestros insignificantes problemas, debemos recordar que “el sol fue creado para iluminar un trabajo más digno que ese”.
Emerson y la apreciación de la naturaleza
Emerson (1904) nos revela que existe un grave problema al conocernos y conocer la naturaleza a través de dispositivos. Cuando lo hacemos así, arruinamos la posibilidad de entablar “una relación original con el universo”, de manera que nuestra visión de mundo es determinada por otros y deja de ser auténtica. Algo similar dirá Heidegger y mucho podríamos hablar sobre la comprensión del humano como separado o unido a la naturaleza. Debates extensos sobre ontología que no nos interesan porque, seamos honestos, la ontología es el Garmin de la filosofía. Lo importante aquí es la apreciación de la naturaleza y no la apreciación de nosotros mismos como parte de la naturaleza. Eso solo nos devuelve al punto inicial y ya vimos que la caminata que vale la pena es la que no vuelve a casa.
Si se trata de apreciación de la naturaleza, la noción de un yo se vuelve un asunto problemático. Permite, por supuesto, pero también estorba. Ya dijimos que la civilización empaña el asunto y ahora debemos hablar de la soledad como condición necesaria para la apreciación salvaje de la naturaleza. Advierto que si algún lector se pierde en la montaña por hacerme caso y andar solo, negaré toda responsabilidad y diré que no se trataba de ese tipo de soledad. Emerson advierte que “para estar en soledad, un hombre necesita apartarse tanto de la sociedad como de su propio cuarto”. La verdadera soledad, lejos de ser problemática, implica no estar con uno mismo. La verdadera soledad nos permite estar más allá de nosotros y nuestras trivialidades. En pocas palabras: “Yo no estoy a solas cuando leo y escribo, aunque nadie esté conmigo. Si el hombre ha de estar solo, que mire las estrellas”.
Hice mi mayor esfuerzo por no convertir esto en un tema de clase social, pero es inevitable considerar lo siguiente. ¿Saben ustedes que significa el acrónimo MAMIL? En el mundo del marketing, el término “middle-aged man in Lycra” representa el típico cliente de más de treinta años que practica ciclismo en bicicletas de carreras de alta gama, completo con un costoso uniforme de lycra. Arrojarle dinero a un problema hasta que se solucione es una conducta típica de la clase media alta que va en contra de la apreciación genuina por la naturaleza. Por el contrario, la apreciación estética de la naturaleza resulta ser bastante económica, en tanto que nada de lo que el ser humano haga será tan hermoso como ella y “la luz es la primera entre los pintores” (p. 12). El acto mismo de pasar tiempo en la naturaleza es reparador y revolucionario, en tanto que se resiste a las lógicas del capitalismo y del consumismo desenfrenado. Incluso el intelectual que se ha olvidado de que habita un cuerpo y que se desconecta de sus semejantes, porque para empezar no los considera como tales, se ve curado de sus prejuicios disfrazados de intelecto al pasar tiempo encerrado. En pocas palabras: “El comerciante o el letrado que se aparta del estrépito y el tumulto de las calles y mira el cielo y los bosques, vuelve a ser un hombre” (p. 15).
Heidegger y la tecnificación del mundo
Casi poéticamente, Heidegger inicia La pregunta por la técnica hablando sobre la importancia de ”prestar atención ante todo al camino y no permanecer apegados a frases y títulos aislados” (p. 55). Dicho de otra forma, quien se atreva a recorrer el camino de la filosofía debería aventurarse a hacerlo sin especial atención a los avisos que vea dado que solo de esta manera se puede caminar libremente. Así, “la esencia de la técnica no es, en absoluto, algo técnico” (p. 55). Más allá de una apreciación básica de la naturaleza, vista como aquello libre de intervención humana, la técnica en un sentido clásico revela verdades y belleza. Como si se tratara de liberar la escultura que yace dentro del mármol, la acción humana implica una especie de creatividad y autenticidad, con la mano orientadora de la naturaleza. Vista de esta forma, “la técnica es un modo del desocultar. La técnica es presente en el ámbito en el que acontece desocultar y desvelamiento” (p. 61).
Sin embargo, la técnica moderna, propia de las máquinas “es incomparable con todas las anteriores, porque se apoya en la moderna ciencia exacta” (p. 61). Lo que busca la técnica moderna es el uso de un objeto, el provecho que podamos sacar de él. El planeta entero se convierte en una mina de recursos puestos al servicio del capital y cualquier noción de belleza se elimina, en tanto que incluso la apreciación estética se mercantiliza. Volviendo al ejemplo inicial, la compleja y fascinante red de vasos sanguíneos dentro de nuestro cuerpo se convierte en un número en una pantalla que debe ser explotado de una manera eficiente. Nosotros mismos somos un recurso a explotar. Volviendo a Emerson, «el hombre es el enano de sí mismo” (p. 57).
Conclusión
Considero que la mejor manera para ilustrar este punto es estudiar el caso del juez Holden, el villano de Meridiano de sangre (Cormac, 2001). Mucho se ha especulado sobre este personaje, quien resulta ser un torbellino imparable de violencia y excesos. A pesar de ser presentado como una fuerza sobrenatural, hay algo innegablemente humano en la motivación del juez Holden: el dominio absoluto de la naturaleza. “Todo lo que existe, dijo. Todo lo que en la creación existe sin mi conocimiento existe sin mi consentimiento” (p. 166). ¿Cómo considerar que esta crueldad viene de una fuente divina, cuando su forma de actuar es tan fundamentalmente humana? Esta es una de las manifestaciones de la inherente maldad del ser humano. El deseo por avasallar cualquier manera de otredad a través de un estricto control, disfrazado de racionalidad. Descaradamente convertimos cualquier asunto en algo sobre nosotros mismos, como personas o como especie. La visión de otredad debilitada y domesticada de la que advierte Land (2011) inicia desde su definición, de manera que el fenómeno es aquello que puedo conocer de algo y la totalidad de la existencia queda reducida a la cosa en sí, aquello que no entiendo. El juez Holden continúa diciendo “La libertad de los pájaros es un insulto. Yo los metería a todos en el zoológico” (p. 167). Nos hemos puesto en un zoológico y nuestros datos vitales aparecen en exposición como un cartelito al lado del espécimen, junto con su nombre en latin y trivia inutil sobre sus hábitos.
El real Alan Moore (1986) se pregunta a través del ficticio Daniel Dreiberg si “es posible estudiar un pájaro tan de cerca, observarlo y catalogar sus peculiaridades con tanto detalle, ¿que se vuelva invisible? ¿Será que mientras calibramos con esmero la envergadura de sus alas o la longitud de su tarso, de alguna manera perdemos de vista su poesía?” (p. 29). ¿Le hemos arruinado la belleza al paisaje al poner por encima de él nuestra propia imagen? Montañas, playas, desiertos, etc. Todo se convierte en el marco que rodea la obra de arte que es nuestra cara en las fotos de perfil que usamos. ¿Nos hemos robado el heroísmo con tanta prenda tecnológica y aparato pendejo? Reemplazamos las nobles botas de obreros por basura plástica de marca extranjera para hacer menor esfuerzo. Eliminamos el sudar como el honesto cerdo a través de textiles transpirables que transforman el sudor en un accesorio homogéneo instagrameable, un trofeo a un esfuerzo banal. Le quitamos la dignidad a Filipides al convertir su heroica muerte de fatiga tras correr desde el campo de batalla de Maratón en un evento deportivo digno de oficinistas en la crisis de la mediana edad.
Referencias
- Thoreau, H. (2021). Caminar y Una vida sin principios. Editorial Libros al Viento. Emerson, R (1904). Ensayo sobre la naturaleza: seguido de varios discursos. Edición La España Moderna..
- Heidegger, M. (1958). La pregunta por la técnica. Revista de filosofía, 5(1), 55-79.
- McCarthy, C. (2001). Blood meridian: Or the evening redness in the west. Modern Library.
- Land, N. (2011). Fanged noumena: Collected writings 1987-2007. MIT Press.
- Moore, A., & Gibbons, D. (1986). Watchmen. DC Comics.
Las imágenes para la ilustración de esta edición son una colaboración de la artista ecuatoriana Ana Fernández, a quien expresamos nuestro agradecimiento profundo por la generosidad de permitir su uso.


