Esa incomodidad —más visceral que teórica— se transformó en una pregunta persistente: ¿en qué momento un cuerpo deja de ser alguien y se convierte en alimento? ¿Qué operación nos permite atravesar esa frontera sin sentir que traicionamos algo esencial? Es precisamente esa zona ambigua, donde lo vivo oscila entre afecto y consumo, la que Cadáver exquisito (2025), de Agustina Bazterrica, lleva hasta su extremo más perturbador. La novela no imagina simplemente un mundo donde se come carne humana; imagina el dispositivo que vuelve ese acto administrativamente normal.

“¡Ah! Come de mí, come de mi carne. ¡Ah! Entre caníbales. ¡Ah! Tómate el tiempo en desmenuzarme. ¡Ah! Entre caníbales” Soda Stereo.
Fui vegetariana durante más de cinco años. En esa época me parecía inconcebible volver a comer carne. Mi argumento era simple, casi infantil: esos animales tenían ojos, boca, sentían, tenían una mamá. Volví a comer carne no por convicción sino por necesidad; la salud de mi hijo pesó más que los ojos, la boca y la mamá de los animales. Intenté sostener mi decisión con argumentos: vi documentales sobre la industria cárnica, su impacto ambiental, el sufrimiento animal. La alternativa “ética” parecía ser criar tus propios animales, sembrar lo que consumes, asumir la muerte que sostiene tu mesa. Pero esa idea me resultaba todavía más perturbadora. ¿Cómo se le pone nombre a un animal que luego vas a comer? ¿Cómo se lo abraza, se juega con él, se lo quiere, para después matarlo y servirlo en un plato?
Esa incomodidad —más visceral que teórica— se transformó en una pregunta persistente: ¿en qué momento un cuerpo deja de ser alguien y se convierte en alimento? ¿Qué operación nos permite atravesar esa frontera sin sentir que traicionamos algo esencial? Es precisamente esa zona ambigua, donde lo vivo oscila entre afecto y consumo, la que Cadáver exquisito (2025), de Agustina Bazterrica, lleva hasta su extremo más perturbador. La novela no imagina simplemente un mundo donde se come carne humana; imagina el dispositivo que vuelve ese acto administrativamente normal.
Desde las primeras páginas, el lenguaje instala la operación central. “Media res. Aturdidor. Línea de sacrificio. Baño de aspersión. (…) Se despierta con una capa de sudor que le cubre el cuerpo porque sabe que le espera otro día de faenar humanos. Nadie los llama así” (p. 15). La violencia no se oculta; se normaliza. La “línea de sacrificio” pertenece al vocabulario técnico del frigorífico. Nombrar de ese modo transforma cuerpos en unidades procesables. Cuando el narrador piensa que “Todos naturalizaron el canibalismo, piensa. Canibalismo, otra palabra que podría traerle enormes problemas” (p. 16), señala el núcleo del problema: lo monstruoso no es el acto, sino su incorporación al orden de lo cotidiano.
En diálogo con Foucault (1976), puede leerse este sistema como una radicalización del biopoder. Ya no se trata únicamente de “hacer vivir y dejar morir”, sino de producir vida como mercancía cárnica. El virus que vuelve incomible la carne animal funciona como dispositivo legitimador; la excepción sanitaria reorganiza el campo de lo posible. El Estado regula criaderos, certificaciones, protocolos de sacrificio. La biopolítica se vuelve zootécnica. El cuerpo humano es gestionado bajo la misma racionalidad que históricamente administró la naturaleza como recurso.
Sin embargo, el núcleo de esta administración no es solo económico, sino ontológico. “Él no le dice carne especial. Él usa las palabras técnicas para referirse a eso que es un humano, pero nunca va a llegar a ser una persona, a eso que siempre es un producto. (…) Nadie puede llamarlos humanos porque sería darles entidad, los llaman producto, o carne, o alimento” (p. 20). El desplazamiento lingüístico produce una mutación en el estatuto de la vida. Aquí la reflexión de Butler (2002) resulta decisiva: una vida es humana en la medida en que es reconocida como tal dentro de un marco normativo que la hace inteligible y llorable. Cuando ese marco se altera, la vida pierde su protección ética. Las llamadas “cabezas” no dejan de ser biológicamente humanos; dejan de ser reconocidos como sujetos.
La categoría de “hembra” intensifica esta desposesión. “Ella es nadie y está en mi galpón” (p. 56). El cuerpo marcado a fuego como “El símbolo de propiedad, de valor” (p. 103) remite directamente a economías coloniales. Incluso cuando el protagonista percibe su belleza —“Es hermosa, piensa, pero tiene una belleza inservible. No por ser bella va a ser más sabrosa” (p. 103)— la lógica productiva no se suspende. El valor estético no altera el valor de uso. Desde la perspectiva de Quijano (2000), la modernidad instauró una clasificación jerárquica de la humanidad basada en la productividad y la racialización. Cadáver exquisito radicaliza esa lógica: la jerarquización ya no distingue entre humanos y animales, sino entre humanos reconocibles y humanos naturalizados. La colonialidad del poder se reconfigura como colonialidad interna.
La dimensión antropológica resulta aquí ineludible. Históricamente, el canibalismo fue atribuido al “salvaje”, al otro exterior que justificaba la empresa civilizadora. Bazterrica invierte la figura: el canibalismo ya no es signo de primitivismo, sino resultado sofisticado de la racionalidad técnica. “Sí, debe ser fascinante comer algo vivo” (p. 167). Lo vivo se transforma en experiencia gastronómica regulada por normas sanitarias. La barbarie no está en el afuera colonial; habita el centro productivo de la sociedad moderna.
La escena del zoológico abandonado condensa esta inversión: “Maneja hasta el zoológico abandonado. (…) Camina despacio entre las jaulas de los monos. Están rotas. Los árboles que plantaron dentro están secos” (p. 125). Las jaulas vacías simbolizan el fracaso del proyecto moderno de clasificación y dominio de la naturaleza. A partir de Haraway (2019), puede afirmarse que la novela expone el colapso del dualismo naturaleza/cultura. En la secuencia onírica final, el protagonista “ruge, aúlla, croa, berrea, ladra, maúlla, cacrea, relincha, rebuzna, grazna, muge, llora” (pp. 215–216): la frontera de especie se desdibuja. La animalidad no es un afuera, sino el fondo compartido que la modernidad intentó negar.
La trama reproductiva profundiza la dimensión biopolítica. Las “pruebas de embarazo tiradas al tacho (…) la aceptación de que la maternidad no tiene que ver con los cromosomas (…) el nacimiento (…) la muerte” (p. 98) muestran que la gestión de la vida atraviesa la intimidad. El embarazo de la “hembra” —“Está embarazada de ocho meses” (p. 151)— no escapa al régimen productivo. Incluso el afecto queda subordinado a la lógica de rendimiento. El desenlace es brutal: mientras él la lleva para faenarla, su esposa reclama “Podría habernos dado más hijos” (p. 249), y luego afirma: “Tenía la mirada humana del animal domesticado” (p. 249). La frase invierte la jerarquía: lo humano aparece como efecto de domesticación, no como esencia superior.
Cadáver exquisito no ofrece reconciliación ni propone una ontología alternativa. Expone el punto extremo de una fractura estructural. La separación moderna entre humanidad y naturaleza, lejos de proteger lo humano, abre la posibilidad de su absorción en la economía de la vida. Si la racionalidad que convirtió bosques, ríos y animales en recursos puede aplicarse sin resistencia a ciertos cuerpos humanos, entonces la frontera que creíamos natural se revela como decisión política.
Quizá por eso la incomodidad inicial —esa pregunta sobre cómo amar a quien será comido— adquiere aquí una dimensión más amplia. No se trata solo de qué comemos, sino de quién decide cuándo un cuerpo deja de ser alguien y se convierte en carne. En el límite de la modernidad, toda vida puede ser administrada. Y cuando la vida se vuelve administrable, la humanidad deja de ser un dato y se transforma en un privilegio siempre precario.
Referencias
- Bazterrica, A. (2025). Cadáver exquisito. Alfaguara.
- Butler, J. (2002). Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Paidós.
- Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad, vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.
- Haraway, D. J. (2019). Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno. Consonni.
- Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Comp.), La colonialidad del saber: Eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas (pp. 201–246). CLACSO.
Las imágenes para la ilustración de esta edición son una colaboración de la artista ecuatoriana Ana Fernández, a quien expresamos nuestro agradecimiento profundo por la generosidad de permitir su uso.


