, atribuirle a un animal cualidades pensantes, emocionales o sintientes, desde el paradigma animal-peluche, legitima la misma existencia de la zooética. La legitima por su misma intencionalidad de protección y cuidado y, por lo mismo habilita genuinas discusiones éticas en torno a nuestra relación con los animales, incluyendo debatir sobre la medida y las condiciones en que ese principio de cuidado debería aplicarse.

“¡Qué bestia que es ese man!”, y “Ni que fuera perro” son frases que parecen presuponer que sabemos perfectamente qué es lo humano, qué es lo animal y cuál es la distancia moral entre ambos. Sin embargo, basta con que alguien cuestione nuestras prácticas habituales para que esas certezas se vuelvan incómodas, como cuando alguien dice que es vegano. No soy vegana, pero estoy muy familiarizada ese silencio breve, ese quiebre de la conversación cuando se cuestiona un supuesto naturalizado. Ese quiebre mudo es lo que me ha convencido de que estamos ante un problema filosófico relevante. Este texto explora qué nos dicen las discusiones sobre nuestra relación con los animales acerca de la ética en general. Entonces, la propuesta es usar la zooética para pensar quiénes creemos que somos, cómo justificamos nuestras decisiones morales y qué lugar ocupan los otros —humanos y no humanos— en ese mapa.
Para iniciar, situemos la discusión en el campo de la filosofía moral para distinguirla de enfoques antropológicos o sociológicos. No se trata aquí de describir qué piensan determinados grupos sociales como los occidentales, médicos o adventistas del séptimo día, sino de abordar la ética como un asunto de especulación filosófica (o sea de reflexión integral, que así suena mejor, menos especulativo y más espectacular). Desde esta perspectiva se identifican dos vías: la ética normativa y la metaética (Flew, 1984; Al-Attar, 2017). La primera propone o analiza sistemas que indican qué es moralmente correcto o incorrecto (como el utilitarismo o la ética kantiana). La metaética, en cambio, no se pregunta qué debemos hacer, sino cómo funcionan los juicios morales: qué significan términos como “deber”, si las afirmaciones morales pueden ser verdaderas o falsas, o qué relación existe entre hechos y valores (Flew, 1984).
Siguiendo a Al-Attar (2017), puede ilustrarse la diferencia así: La afirmación “debes cumplir tus promesas” da lugar a preguntas como si existen excepciones o qué cuenta como una promesa válida. Pero, si nos preguntamos qué significa exactamente “deber” o de dónde proviene su autoridad, ya no estamos discutiendo el contenido de la norma, sino los supuestos que la sostienen. En ese punto entramos en el terreno metaético. Una formulación más coloquial de este giro que particularmente me encanta es esta pregunta: ¿Y tú quién eres para decir lo que es correcto o no? Fantástico, ese paso les recomiendo no saltárselo en una discusión. Ahora, como aclara la propia Attar (2017), no existe una frontera nítida entre ética normativa y metaética. Ambas se entrelazan constantemente: los problemas metaéticos se discuten en contextos normativos y viceversa[1]. Por eso, pensar la zooética desde una perspectiva metaética no implica abandonar las preocupaciones prácticas, sino examinarlas desde otro nivel. La metaética es vía fértil para pensar el diálogo entre ética y zooética.
Ahora precisemos qué se entiende por zooética. Algunos estudios en etología han identificado comportamientos que podrían considerarse morales en animales no humanos, pero no elaboraciones éticas en sentido estricto, algo que no estarían en condiciones de desarrollar y, más importante, ni necesitarían, según Rivero y Muciño (2018). La zooética es una rama de la ética mediada por la bioética, cuyo objeto son las distintas formas en que los humanos entendemos y evaluamos nuestra relación con los animales no humanos (Rivero y Muciño, 2018).
La literatura sobre zooética es todavía escasa, lo que resulta llamativo porque… somos animales. Hemos reflexionado poco sobre nuestra propia animalidad. Reconocerla no implica negar la humanidda ni reducir a los sujetos a categorías generales, sino asumir nuestra participación en el ser animal. Llored (2018) ofrece un análisis sugerente al discutir, a partir de Derrida y Deleuze, dos movimientos centrales del pensamiento moderno: la sustracción de la “estupidez” animal, que termina privando a las bestias de libertad y la negación de lo político a los animales, reservando las instituciones políticas exclusivamente a lo humano (p. 185). Desde esta mirada, la zooética aparece como una institución humana que se impone sobre los animales no humanos, pero que al mismo tiempo revela rasgos profundos de la autocomprensión humana.
Para mostrar la productividad del diálogo entre ética y zooética, propongo detenerme en dos debates: la humanización de los animales y la animalización de los humanos. El primero es ampliamente conocido y circula incluso en forma de memes (como esos de gatitos juzgando humanos); el segundo resulta más incómodo y suele reducirse a un recurso retórico, a pesar de su relevancia filosófica (aunque también mediatizado por memes).
Por humanizar animales me refiero a atribuirles características y necesidades humanas. Lestel (2022) sostiene que desde el siglo XXI vivimos en el paradigma animal-peluche en cuanto a nuestra comprensión sobre los [otros] animales[2], de modo que no se tolera socialmente más que acariciarlos y protegerlos, por oposición al paradigma cartesiano de animal-máquina en el que es concebido como una cosa de cierta complejidad. La tesis de este filósofo y etólogo tiene más sentido si se la piensa como un espectro y no necesariamente en un sentido cronológico de la historia del pensamiento. No obstante, la identificación de estos paradigmas permite abordar la humanización de animales como un asunto ético (metaético). Como mencioné, no es mi intención en este texto discutir si algo es correcto o incorrecto. Por lo tanto, le dejo para sus propias meditaciones el saber si está bien o mal hacerle fiesta de cumpleaños a su perrito. Más bien, le invito a pensar en qué es lo que está detrás de una postura a favor o en contra de humanizar animales y de qué significa esta discusión. Sin afán de simplificarlo —pero haciéndolo al fin de cuentas—, planteo dos posiciones.
Por un lado, desde un paradigma cartesiano, dice Lestel (2022), ver a un animal como un ser pensante, emocional y sintiente “se percibe como una patología del pensamiento y un extravío de la razón” (p. 52). Plantear una zooética bajo esta premisa cartesiana será un despropósito, ya que la pregunta sobre humanizar o no carece de lógica argumental interna al menos por una razón de base. La asimilación o aproximación a las características de los animales a partir de las humanas reflejaría un error de pensamiento desde el punto de vista del sujeto que hace la valoración. Atribuir al animal cualidades que este no tiene resulta una falacia formal de pensamiento. Sería como pretender establecer una ética sobre los relojes o las sillas y, al menos por el momento, no se ha planteado seriamente tal disciplina. Es más, aun pasando por alto ese error y asumiendo que es válido preguntarse por el bienestar de los animales bajo esa premisa, el humanizarlos más bien desfavorecería su bienestar ya que no se estarían considerando sus propias características y necesidades. Por tanto, desde este paradigma, no cabe una ética sobre nuestra relación con los animales.
Por otro lado, atribuirle a un animal cualidades pensantes, emocionales o sintientes, desde el paradigma animal-peluche, legitima la misma existencia de la zooética. La legitima por su misma intencionalidad de protección y cuidado y, por lo mismo habilita genuinas discusiones éticas en torno a nuestra relación con los animales, incluyendo debatir sobre la medida y las condiciones en que ese principio de cuidado debería aplicarse. Entonces, ahí es posible encontrarse con un Fernando Savater que defiende la tauromaquia como una opción ética o con una Donna Haraway que plantea como único camino ético el reconocimiento de un Chtuluceno (época de colaboración multiespecie).
Pero reitero, en este artículo no quiero detenerme a evaluar ningún sistema ni principio ético, por lo que vuelvo con el filósofo etólogo: Dominique Lestel (2022) aclara que rechazar el paradigma cartesiano no necesariamente implica validar el paradigma animal-peluche y defiende que reconocer cualidades antropológicas en los animales ayudaría hasta cierto punto y que una vena compasiva y empática puede ser éticamente deseable, así como que el afán de conocer cómo sienten, piensan o se emocionan es legítimo. Pero Lestel sostiene que esto es insuficiente y vanidoso de nuestra parte, por lo que propone recuperar la dimensión espiritual de la animalidad y, recuperando el planteamiento de Paul Shepard, propone pensar no en interacciones sino en cohabitación, una vida compartida más allá de su sentido ecológico.
La segunda discusión que muestra la potencialidad del diálogo entre zooética y ética es la de animalizar humanos, un debate que a pesar de ser más lógico (en cuanto al supuesto biológico de la animalidad del ser humano) ha sido relegado o tratado superficialmente, casi solo en su característica retórica. Animalizar humanos es en realidad una tautología, pero, para dejarlo claro, se puede decir que es reconocer las características animales en los seres humanos.
Como en el caso anterior, carece de sentido una discusión desde un paradigma cartesiano. Pero, el paradigma animal-peluche también se queda corto. Que lo ético sea cuidar y proteger a los animales viene de asumir una responsabilidad y agencia por sobre un pasivo. La idea de cuidado y protección necesariamente remite a una distribución de la carga moral en el que provee, o debe proveer, cuidado y protección. Para Lestel (2022), el espacio moral y militante de la compasión es uno de en los que se expresa más frecuentemente el interés por los animales, pero esto refleja un chovinismo de especie. Esto es interesante, pero me limitaré a la cuestión ética respecto a negar o subvalorar ciertas características alejadas de la compasión y la responsabilidad moral. Es decir, una zooética basada en separar a los animales de los humanos por las capacidades analíticas y morales de estos últimos de algún modo rechazaría o invisibilizaría la animalidad del humano, exaltando sus características de empatía, compasión y racionalidad. Así, es casi cómico que al que provoca, aplaude o justifica el maltrato o sufrimiento animal usualmente se lo califica de ‘salvaje’ o ‘incivilizado’.
Debatir sobre animalizar humanos solo tiene sentido en zooética si se comprende como una reacción espejo a humanizar animales, más allá de un juego de palabras, si se dirige a una discusión ontológica con su dimensión epistemológica (y por tanto metaética). Para Paul Shepard y Donna Haraway, cada uno con sus matices, lo que está detrás de la preocupación zooética es la carga del significado moral de la relación entre los seres humanos y los demás cohabitantes. Aquí aparece una sutileza filosófica que puede resultar complicada de asumir: la ontología del ser humano anclada en el ser del mundo viviente, siendo un solo ser con el mundo y no concibiéndose un ser en o en relación con otro ser, sino que el ser mismo es relacional. Para explicar por qué resulta problemática la comprensión de este ser relacional, Lestel (2022) describe que “tenemos miedo de ver al animal como lo que es: una entidad compleja que plantea desafíos aún más temibles por el hecho de que sin él el humano no es nada” (p. 102).
Entonces, animalizar humanos es también un tema problemático, así como el humanizar animales, porque por un lado puede implicar un desconocimiento y desprecio de la animalidad como irracionalidad y, por el otro, trastoca la legitimidad de una zooética que requiere para su existencia separar a los animales humanos de los no humanos. No obstante, si nos hemos hecho «preguntas zooéticas» y hay un conocimiento sistemático acumulado (no como con la ética sobre los relojes o las sillas), esta disciplina ya se encuentra legitimada. Por ello, lo que lo que sigue es plantear cómo compaginarían la idea del ser necesariamente relacional en el que estamos humanos y no humanos con esa necesidad ética respecto a los animales no humanos sin caer en el desconocimiento o desvalorización de la animalidad (animalizar humanos) o de sus características y necesidades (humanizar animales). Una de las respuestas es volver a chequear las ramificaciones de la filosofía, de modo que se entiendan estas dos dimensiones: ontológica y epistemológica.
Desde la dimensión ontológica, es decir, de la preocupación por El Ser mismo, se puede mantener el argumento un ser relacional de todos los vivientes (animales humanos y no humanos). De acuerdo con Lestel (2022), aceptar esta situación ontológica es reconocer que solo existimos en la existencia de los otros seres vivos y que la consigna es recuperar la dimensión espiritual de la animalidad, reconectándonos con la animalidad y tomando una postura animista. En cuanto a la necesidad epistemológica, de la que se ocupa del conocimiento sistemático y de la que trata este texto, las discusiones zooéticas como el humanizar o no animales y animalizar o no humanos abre muchas puertas para pensar y replantear no solo cómo debe ser nuestra relación con los animales, sino cómo esas relaciones y las evaluaciones de esas relaciones y sus principios ayudan también a comprender nuestra propia realidad, lo que somos y lo que queremos ser.
Además, la preocupación zooética ayuda a reflexionar cómo vemos a los otros aquellos con los que compartimos una naturaleza —incluso humana— y que, sin embargo, nos resultan ajenos, otras vidas sobre las que tomamos decisiones, bien sea desde la ignorancia, la compasión, el conocimiento positivista o la desidia. Y este, sostengo, es el mayor aporte de la zooética a la ética, porque cómo resolvemos los problemas sobre los otros animales puede decir mucho de cómo resolvemos los problemas sobre los otros humanos. En este texto he intentado dejar de lado la ética sustantiva o de contenido pues, como sugiere Smith (2005), la metodología de la metaética exige evitar prejuzgar los debates de la ética normativa. Pero, como el mismo autor explica, es también un descargo que hay que hacer si hablamos de metaética. En la misma línea Al-Attar (2017) y Poulsen y Christensen, (2025) nos recuerdan que, por tanto, no se puede garantizar neutralidad en los tratamientos metaéticos.
Este trabajo ha intentado mostrar que las preguntas que plantea la zooética desbordan el ámbito de nuestra relación con los animales no humanos y alcanzan el corazón mismo de la ética. Al problematizar la humanización de los animales y la animalización de los humanos desde una perspectiva metaética, se pone en evidencia que nuestras categorías morales, ontológicas y epistemológicas no son neutrales ni estables. Pensar a los animales es, inevitablemente, pensarnos a nosotros mismos: nuestras jerarquías, nuestros miedos y nuestras formas de justificar el daño o el cuidado. En este sentido, la zooética funciona como un espejo incómodo de nuestras prácticas morales con otros humanos. Tal vez su mayor aporte a la ética no sea indicar cómo debemos actuar, sino obligarnos a reconocer cuán frágiles son las fronteras sobre las que construimos nuestras certezas morales.
Referencias
- Al-Attar, M. (2017). Meta-ethics: A quest for an epistemological basis of morality in classical Islamic thought. Journal of Islamic ethics, 1(1-2), 29-50.
- Flew, A. (1984). A Dictionary of Philosophy: Revised Second Edition. Macmillan.
- Lestel, D. (2023). Nosotros somos los otros animales. Fondo de Cultura Económica.
- Llored, P. (2018). Elogio de la libertad. Den ida, Deleuze y la cuestión de la estupidez animal. En Rivero Weber, P. (Ed.). Zooética. Una mirada filosófica a los animales. Fondo de Cultura Económica, pp. 172-186.
- O’Neill, J. (2003). Meta-ethics. En J. O’Neill (Ed.) A Companion to Environmental Philosophy. Wiley-Blackwell. pp. 163–176.
- Poulsen, A. H. N., & Christensen, A. M. S. (2025). The Invention and Re-invention of Meta-ethics. The Journal of Value Inquiry, 59(1), pp. 123-140.
- Rivero, P. y Muciño, R. (2018). Introducción. En Rivero Weber, P. (Ed.). Zooética. Una mirada filosófica a los animales. Fondo de Cultura Económica, pp. 9-14.
- Smith, M. (2005). Meta-ethics. En Jackson, F. y Smith, M. (Eds.). The Oxford handbook of contemporary philosophy. Oxford University Press. pp. 3-30.
Notas
[1] La discusión de qué tanto se solapan la ética y la metaética es un teman de discusión. Algunos referentes al respecto son el reciente trabajo de Poulsen y Christensen (2025) y, enfocado en filosofía de la ética ambiental, el de O’Neill (2003).
[2] Por cuestiones de economía de las palabras y fluidez, a partir de aquí hablaré de animales para referirme a los otros animales, a los animales no humanos.
Las imágenes para la ilustración de esta edición son una colaboración de la artista ecuatoriana Ana Fernández, a quien expresamos nuestro agradecimiento profundo por la generosidad de permitir su uso.


